Editorial

“Yo no tengo que explicarle por qué no: usted debe explicarme por qué sí.”

Quienes nos dedicamos a difundir el pensamiento crítico estamos acostumbrados a cosas que, en circunstancias “normales”, deberían ser excepcionales: pasamos mucho tiempo contestando por qué no creemos en los platillos volantes, en Dios, en la astrología, en las medicinas alternativas y en un largo etcétera de asuntos que tienen que ver con el mundo paranormal o sobrenatural. Sostengo que —a menos que sea estrictamente necesario— es inconveniente exponer las razones por las cuales no creemos en algo, sino más bien solicitar a nuestro interlocutor/a creyente que antes nos explique por qué él/ella lo hace. En reuniones de familia y amigos, merodean temas pertenecientes al ámbito pseudocientífico o sobrenatural. Compartiendo una copa de buen vino, súbitamente nos encontramos con la pregunta: “¿Cuál es tu signo?”. Si uno es sincero y responde lo que piensa, contestará: “yo no creo en la astrología”. Pero ¿cuántas veces hacemos nosotros la pregunta inversa? Esto es, ¿cuántas veces respondemos: “y por qué cree usted en los signos”? No encuentro razón alguna para poner el carro delante del caballo, y esto no es un mero recetario para tertulias familiares. Es una suerte de principio epistemológico, ontológico y práctico que creyentes y no-creyentes debemos aplicar con naturalidad en nuestras conversaciones cotidianas.

¿Damos un cheque en blanco a cualquiera? ¿Compramos una casa sin verla y revisarla? En “La importancia de la investigación y la amenaza de los mitos” (Pensar, Vol. 4, Nro 1), Benjamin Radford recuerda que a los botánicos no se les pregunta si creen en la fotosíntesis, ni a los físicos si creen en la gravitación. Pero a quien descree de fábulas y mitos se le conmina permanentemente a responder por qué no les da crédito. Es el mundo del revés, donde se considera un mérito creer sin ver y casi una falta moral ver para creer.

Para sostener una discusión acerca de estos asuntos es imprescindible contextualizar lo que se dice, saber encuadrarlo, (lo que en inglés se denomina framing). Y ello requiere la capacidad de poder expresarnos en positivo, como se dice coloquialmente. Por ello, existe toda una gama de estrategias para debatir en términos equitativos y racionales, tratando de evitar falacias, eslóganes y golpes bajos. De esto saben los expertos en marketing: resalte las características por las cuales su producto se destaca, diga por qué es bueno y útil. No gaste tiempo en advertir a los consumidores sobre lo que su producto no puede hacer o no tiene.

Retomando el ejemplo de la compra de la casa citado arriba, sería mucho más útil que quien la compra sin verla o revisarla, nos explique por qué lo hace, en lugar de exponer por qué no habría que hacerlo. Traducido al ejemplo del cóctel: antes de hablar sobre los signos, por favor dígame por qué Júpiter va a influir sobre mi comportamiento. Me pregunto cuántos de aquellos newagers que adoran lo “natural”, detestan lo “artificial” y añoran los tiempos pasados, se ofrecerían para volver —por ejemplo— al siglo XVI, donde no había antibióticos, anestesia, ni electricidad, en un mundo sumido en la ignorancia, donde el universo estaba constreñido a los caprichos de un Dios o a los de sus intermediarios…

Con toda seguridad, debemos enviar un mensaje en términos alentadores, esto es, ilustrar —con ejemplos— por qué la difusión de la ciencia y el pensamiento crítico nos ofrece mejores condiciones de vida, y por qué es apropiado alejarnos de las supersticiones y de los temores inspirados en creencias dañinas. Por ello incluimos en la columna “Controversia” del presente número una suerte de manifiesto ateo escrito por Mauricio-José Schwarz, que, a mi modo de ver, puede inspirarnos para vivir con valor y esperanza, sin depender de padres sobrenaturales.

Hoy parece que quien afirma cosas extraordinarias, lo hace con total desparpajo e ignorancia, y ello se debe a que la búsqueda de la verdad se ha transformado en un valor casi desprestigiado, denostado y hasta incluso amenazado.

Ahorremos tiempo y esfuerzo. Demasiado ocupados estamos como para sobrellevar una carga que no nos pertenece.