Contracorriente

¿Vamos hacia un desastre ecológico?

Sami Rozenbaum

Esta podría ser la reseña de un libro que trata sobre temas de divulgación científica. Sin embargo, hemos decidido referirnos a él en este espacio, ya que su contenido aborda un tema muy difundido, en donde se hace difícil distinguir entre realidad y mito: ¿Son tan sombríos los pronósticos sobre el futuro ambiental de nuestro planeta? ¿Qué hay de verdad en las alarmantes afirmaciones de ciertos ecologistas? ¿Estamos en presencia de una catástrofe global inminente o sólo estamos escuchando exageradas advertencias?


Uno de los libros más polémicos de los últimos años es The Skeptical Environmentalist (El Ambientalista Escéptico), del danés Bjørn Lomborg. Su visión optimista sobre el ecosistema global ha recibido intensos ataques por parte de numerosos científicos y publicaciones especializadas, quienes lo acusan, sin ambages, de ser un ignorante en temas ambientales.

Curiosamente, otro libro que sostiene tesis congruentes con las de Lomborg ha pasado prácticamente inadvertido; se titula Earth Report 2000: Revisiting the True State of the Planet (“Reporte Tierra 2000: revisitando el verdadero estado del planeta”), traducido al español por McGraw-Hill con el nombre de Reporte Tierra–la herencia del siglo XX. Se trata de una compilación de trabajos de especialistas en temas ambientales, como Michael De Alessi, experto en conservación marina; Nicholas Eberstadt, investigador en demografía y asesor de la Oficina del Censo de los Estados Unidos; Roy Spencer, decano de estudios climáticos en el Marshall Space Flight Center de la NASA; o Indur Goklany, director de ciencia e ingeniería en el Departamento del Interior norteamericano. El compilador, Ronald Bailey, es corresponsal científico para la revista Reason; tiene en su haber numerosos libros, artículos y conferencias.

A continuación, algunas de las esclarecedoras réplicas que Reporte Tierra da a varios mitos ecológicos en boga:

El planeta sufre un catastrófico calentamiento

Esto “no encuentra sustento en las mediciones ni en la teoría actual”, responde Roy Spencer. Los cálculos sobre el calentamiento futuro se basan en modelos de computadora, pero el conocimiento con que se alimenta a esos modelos es aún muy incompleto; de hecho, según sus resultados la temperatura debió aumentar durante el siglo XX el doble de lo que en realidad lo hizo (0,6o C); las mediciones por satélite indican un calentamiento de apenas 0,04o C entre 1979 y 1997, mucho menor del previsto en los mismos modelos, y las predicciones para el año 2100 han sido revisadas consistentemente, estimándose aumentos cada vez menores en la temperatura promedio. Durante el último milenio se han producido cambios naturales muy drásticos en el clima, como la llamada “Pequeña Edad del Hielo” entre el Medioevo y el Renacimiento; el calentamiento más rápido del siglo XX ocurrió antes de 1940, es decir, antes de las mayores emisiones de CO2 a la atmósfera. La desaparición de glaciares, ejemplo favorito de muchos defensores del “catastrofismo”, puede deberse a que aún estamos saliendo de la última Edad de Hielo.

La población mundial crece sin control

Al contrario, las tasas de fertilidad han caído dramáticamente en todo el mundo. La mitad de la población del planeta vive en países en que estas tasas están por debajo del nivel de reemplazo, es decir, a mediano plazo se enfrentan al espectro del “despoblamiento”. La población mundial no volverá a duplicarse jamás: si continúan las tendencias globales se estabilizará a mediados de este siglo, y luego iniciará un lento declive. Lo más importante es que la llamada “explosión demográfica” no se debió a un aumento en la natalidad, sino a la caída de la mortalidad gracias a las mejoras tecnológicas en sanidad y producción de alimentos: “La población no se incrementó porque la gente se haya reproducido como conejos, sino porque dejaron de morirse cual moscas”. El problema demográfico más importante, para quienes hoy son jóvenes, será su seguridad social en la ancianidad: en muchos países la población económicamente activa será menor que la de los retirados que deberán mantener.

Cada vez hay más hambre en el mundo

La esperanza de vida al nacer, que es el mejor dato para englobar las condiciones materiales, ha aumentado en las naciones más atrasadas de 35 a 50 años en medio siglo (el promedio mundial pasó de 46 a 65). Gracias a la mayor productividad de las técnicas agrícolas modernas, los precios reales de los alimentos básicos se han reducido casi a la mitad desde 1960. En las últimas décadas, los países más pobres en su conjunto han incrementado su producción agrícola en un 5% anual; todas las hambrunas de las últimas décadas han tenido trasfondo político o bélico. La hipótesis malthusiana de que la producción de alimentos va fatalmente a la zaga del aumento de la población ha sido refutada “una y otra vez”.

El planeta está perdiendo su biodiversidad

Rowan Martin, ciudadano de Zimbabwe y especialista en el estudio de la vida salvaje, explica que ni siquiera se conoce el número de especies existentes en el planeta (las estimaciones oscilan entre 3 y 30 millones), y mucho menos el de las que presuntamente se extinguen cada año (entre 1000 y 100.000 según la fuente, ambas “altamente especulativas”). Por otra parte, casi un 75% de las extinciones se producen en islas, que se caracterizan por tener ecosistemas más vulnerables. Lo más importante es que resulta muy difícil definir el término “diversidad biológica”, y que según el presidente de la Sustainable Use Initiative de la World Conservation Union (“Iniciativa de Uso Sustentable” de la Unión por la Conservación Mundial), la frecuencia de las extinciones conocidas entre 1900 y 1990 no mostró tendencias al alza ni a la baja. Otro dato fundamental: “La enorme variabilidad en las estimaciones de poblaciones mínimas viables de una especie (…) muestra que no hay criterios científicos lo bastante estrictos como para determinar si alguna especie está o no en peligro de extinción”. Todo esto no quiere decir que no haya especies en peligro, pero el autor muestra en su artículo cómo con medidas institucionales adecuadas y la participación de la población local, la conservación puede ser mejor garantizada que en los parques nacionales y reservas naturales, donde frecuentemente se producen matanzas por parte de cazadores furtivos.

El aire está cada vez más contaminado

Reporte Tierra incluye como anexos decenas de cuadros ilustrativos. Quizá los que llaman más la atención son los que se refieren a la calidad del aire en los Estados Unidos: la cantidad de partículas en suspensión se redujo en un 50% entre 1950 y 1990, los niveles de plomo cayeron más de 95% desde 1975, los niveles de dióxido de azufre y monóxido de carbono bajaron un 75% desde la década de 1960. Los compuestos orgánicos volátiles y los óxidos de nitrógeno se incrementaron dramáticamente durante el siglo XX, aunque permanecen estables desde mediados de los años 1970. Todo esto a pesar de que la población del país se duplicó entre 1940 y 2000, y su número de industrias y automóviles se multiplicó varias veces.

Los países ricos son los que contaminan más

El constante mejoramiento de la calidad ambiental en los países más desarrollados muestra que el avance tecnológico y el incremento de la riqueza no son directamente proporcionales a la contaminación ambiental, sino todo lo contrario. Los avances de la tecnología y una mayor riqueza no crean escasez, sino más abundancia de los recursos disponibles, lo que trae como consecuencia que estos pierdan constantemente valor en términos reales, como sucede con los minerales básicos.

En síntesis, Reporte Tierra aporta datos contundentes contra el dogma implícito en el catastrofismo: que la Humanidad es una plaga sobre este planeta y que por ende está destinada a arruinarlo, autodestruyéndose en el proceso.