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Vacunas y autismo La inocencia de las triples diabólicas

El escritor Arthur Miller relataba en Las brujas de Salem cómo un pequeño grupo de adolescentes conseguía desatar la cacería de brujas más famosa de la historia. Cualquier sospechosa era enjuiciada y ahorcada. Si negaba ser bruja, esa era una señal de culpabilidad. Si lo confesaba, salvaba su alma pero la ahorcaban igual porque —al fin y al cabo— era una bruja. Después de tres siglos, el miedo irracional se manifestó en los países centrales de una forma peculiar: la vacuna triple viral que protege contra el sarampión, las paperas y la rubeola fue la “bruja” de Europa y la triple bacteriana que protege contra la tos convulsa, el tétanos y la difteria la de Norteamérica, Australia y Japón. El “demonio” con el que había “pactado” la arpía norteamericana era el timerosal, un antiséptico que se usa como conservante en ésa y otras vacunas, como las antigripales. Las dos triples fueron acusadas sin pruebas de causar autismo, un trastorno neuropsiquiátrico que afecta severamente la capacidad de los niños para comunicarse con los demás. Muchos padres decidieron no vacunar a sus hijos contra esas enfermedades y, en consecuencia, hubo brotes epidémicos de sarampión y de tos convulsa.

Para indagar si los temores eran justificados, la comunidad científica realizó varios estudios en los países centrales que siempre dieron resultados negativos. Pero ninguno fue tan decisivo como el que acaba de publicarse en la revista oficial de la Academia Americana de Pediatría, Pediatrics, en julio de 2006. “No existe ninguna relación entre el autismo y la triple viral o el grado de exposición a las vacunas que contengan timerosal” señalan los investigadores liderados por Eric Fombonne, Director de Psiquiatría del Centro de Salud de la Universidad Mc Gill de Canadá1. “Esperamos que nuestro estudio disipe definitivamente la creencia de que existe ese vínculo, agregan los científicos.

El equipo canadiense indagó las historias médicas de 28 mil niños de Quebec nacidos entre los años 1987 y 1998 y tomó como muestra 188 niños que habían sido diagnosticados por equipos de especialistas con “trastornos profundos del desarrollo” (una categoría psiquiátrica que incluye al autismo, al retraso mental y otras enfermedades emparentadas). Los agruparon por año de nacimiento y los dividieron en categorías según su historial de exposición al timerosal, por un lado, y si habían recibido una o dos dosis de triple viral, por el otro. “Debido a que en 1996 los planes de vacunación de Canadá fueron modificados, pudimos medir el efecto de la triple viral con una y dos dosis en grupos bien identificados según el año de nacimiento”, remarcan los investigadores.

Como medida de precaución hasta que se realizaran más investigaciones y debido a que se habían producido algunos casos de encefalitis, la entidad que regula la administración de drogas de los EEUU (FDA) había ordenado a mediados de los 90 que se eliminara paulatinamente el timerosal de las vacunas pediátricas. Las autoridades sanitarias canadienses lo hicieron de modo tal que en 1996 no había vacunas con ese preservante. “De esa manera tuvimos tres grandes grupos con diferente grado de exposición a la sustancia según la cantidad acumulada en el organismo: alta, mediana o ninguna”, señalan.

La originalidad de este nuevo estudio consistió en que se evaluaron de manera simultánea los efectos de la acumulación de timerosal y de vacuna triple viral y su relación con los trastornos profundos del desarrollo. Las investigaciones que se habían realizado hasta entonces habían indagado los efectos de uno y otra, pero nunca en un mismo estudio. Los resultados revelaron que no había ningún tipo de relación entre esas variables y los casos de autismo diagnosticados.

Historia de una histeria con intereses

El temor a la vacuna triple viral se propagó masivamente por Europa a partir de un artículo publicado en la revista de medicina británica The Lancet en 1998, que sugería que la triple viral podía causar autismo. No fue suficiente con que once de los trece autores del estudio se retractaran formalmente en 20042. Tampoco que el editor de la revista, revelara que Richard Wakefield, —líder de la investigación—, no le informó en su momento que existía un serio conflicto de intereses para publicarla. Wakefield la realizó en nombre del Royal Free Hospital de Londres. Pero al mismo tiempo era representante de un organismo encargado de estudiar si había fundamento para que los padres de los niños supuestamente afectados por la vacuna pudieran querellar a los fabricantes de la misma.3

El psiquiatra norteamericano Stephen Barrett, vicepresidente del Consejo Nacional contra los Fraudes en Salud de los EEUU, explica que los síntomas de autismo infantil son notados por los padres a la misma edad en que se aplica la triple viral aunque un profesional bien entrenado pueda detectarlos bastante antes. Quizás el vínculo erróneo se haya originado por esa coincidencia temporal, pero “periódicos sensacionalistas, políticos demagogos y partidarios de las medicinas alternativas se aferraron al artículo de The Lancet y consiguieron que muchos padres creyeran que la triple viral causaba autismo”, asegura4. En Norteamérica (EEUU y Canadá), la acusación se amplió al timerosal. “La gente creía que el timerosal causaba envenenamiento por acumulación de mercurio y autismo”, cuenta Barrett.

En la Argentina, la vacuna triple viral se aplica en dos dosis (una a los doce meses y otra a los seis años). La triple bacteriana fue incorporada a la cuádruple que se aplica en cuatro dosis (a los dos, cuatro, seis y 18 meses) y a los seis años se da un refuerzo de la triple bacteriana. “El beneficio de vacunar a los niños supera con creces cualquier posibilidad de riesgo y reacciones secundarias que eventualmente pudiera haber”, enfatiza Katia Abarca, coordinadora del Comité de Inmunización de la Sociedad de Infectología de Chile en un reportaje que le realiza el diario El Mercurio5.

Por su parte, el jefe de la investigación realizada en Montreal, Eric Fombonne, asegura que médicos norteamericanos que practican “terapias alternativas” idearon técnicas para desintoxicar a niños autistas del mercurio supuestamente acumulado por las inmunizaciones. “Estas terapias no sólo no han probado su eficacia sino que además pueden ser peligrosas, como lo demuestra la reciente muerte de un niño autista de cinco años de edad”, advierte el científico canadiense. Convendría que los médicos que practican esas terapias para niños autistas supieran diferenciar al mercurio del etilmercurio. Así como el agua no es inflamable porque contenga hidrógeno, lo mismo puede decirse del vínculo entre timerosal y mercurio.

Seguramente los abogados que promueven juicios basándose en relatos anecdóticos y los partidarios de las medicinas alternativas que demonizan a los investigadores que contradicen sus afirmaciones continuarán rechazando los estudios científicos que no los apoyan. Los jueces de Salem no absolvían a los acusados pues eran ellos mismos los que inventaban a las brujas. El trabajo de los médicos consiste en persuadir a los padres de que acusar a las vacunas de producir autismo es tan verosímil como acusar a alguien de causar enfermedades por hechizos.


Notas

  1. Fombonne, E., Zakarian, R., Bennett; A., Meng, L. & McLean-Heywood, D. “Pervasive Developmental Disorders in Montreal,Quebec, Canada: Prevalence and Links with Immunizations” en “Pediatrics” 2006; 118;139-150.
  2. Murch, S.; Anthony, A.; Casson, D.; Malik, M.; Berelowitz, L.; Dhillon, A.; Thomson, M.; Valentine, A.; Davies, S; & Walker-Smith. J. “Retraction of an interpretation” en “The Lancet”; 363, No 9411:750 06 March 2004.
  3. Horton, Richard (editor). “A statement by the editors of The Lancet” en “The Lancet” 2004; 363 No 9411:820-821.
  4. Barrett, Stephen. “Immunization: Common Misconceptions” en www.quackwatch.org
  5. “Especialistas niegan riesgo de las vacunas infantiles” en El Mercurio, Sgo. de Chile, 22 de julio de 2005.