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Los negadores del SIDA

El síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) ha matado a más de veinticinco millones de personas y sigue siendo una de las mayores amenazas para la humanidad (UNAIDS, 2006). El virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) causa el SIDA minando el sistema inmune, lo cual finalmente resulta mortal (Simon et al., 2006). Aunque no se ha descubierto cómo curar el SIDA, los avances científicos dieron como resultado el desarrollo de drogas antirretrovirales (ARV) para prevenir la transmisión madrehijo del VIH (Brocklehurst, 2006) y para extender la vida de los pacientes (Smit et al., 2006). El VIH ha sido aislado y fotografiado, y su genoma ha sido completamente descrito. Sin embargo, en Australia un grupo de negadores del SIDA (el llamado Grupo de Perth) insiste en que el VIH no existe —recientemente han testificado a estos efectos en una corte australiana en defensa de Andre Parenzee, un hombre VIH-positivo acusado de haber tenido sexo sin protección con muchas mujeres, de las cuales contagió a una el VIH. Otros negadores del SIDA aceptan la existencia del VIH pero, siguiendo a Peter Duesberg (un biólogo molecular de la Universidad de California), creen que es inofensivo. Lo que los une a todos es la creencia inamovible de que los cánones científicos existentes sobre el SIDA están equivocados y que las muertes por el SIDA son causadas por mala nutrición, narcóticos y las propias drogas ARV.

Los negadores del SIDA son excéntricos aunque no irrelevantes, porque hacen campañas activamente contra el uso de los ARV y promueven la peligrosa noción de que el VIH es inofensivo (algunos incluso dicen que ni siquiera se transmite sexualmente). El presidente sudafricano Thabo Mbeki se tomó tan en serio a los negadores del SIDA que demoró la introducción de los ARV para prevenir la transmisión madrehijo del VIH, e invitó a los principales negadores para integrar su “Panel Asesor Presidencial sobre el SIDA” (Nattrass, 2007). Recomendaron que se eviten los ARV y que todas las formas de inmunodeficiencia sean tratadas con vitaminas y terapias “alternativas” y “complementarias”, incluyendo “terapia de masajes, terapia musical, yoga, cuidado espiritual, homeopatía, medicina ayurvédica, terapia lumínica y muchos otros métodos” (PAAP, 2001, 79, 86).

Peter Duesberg, prominente (y notorio) negador del SIDA. (Foto: Robert Holmgren/ ZUMA Press. © 2003 Robert Holmgren [Foto vía Newscom]).
Peter Duesberg, prominente (y notorio) negador del SIDA. (Foto: Robert Holmgren/ ZUMA Press. © 2003 Robert Holmgren [Foto vía Newscom]).

Este salto —de la crítica a la ciencia biomédica sobre el SIDA a la promoción de terapias alternativas no probadas ni reglamentadas— es una repetición de la clásica estrategia de marketing del charlatanismo para promover la creencia en remedios alternativos sembrando descreencia y escepticismo sobre el establishment médico (Hurley, 2006, 216). No sorprende entonces que negar el SIDA haya sido utilizado por vendedores de vitaminas (especialmente la Fundación para la Salud Dr. Rath), sanadores alternativos y algunos sanadores tradicionales para promover sus posturas y sus productos (Nattrass, 2007). Una de las actuales fallas de la política de salud de Sudáfrica es que, en lugar de tomar medidas contra aquellos que hacen afirmaciones disparatadas sobre la salud y crean mercados para sus productos, el ministro de Salud (Manto Tshabalala-Msimang) les ha proporcionado cobertura y apoyo.

Los negadores del SIDA minimizan sus vínculos con los proveedores de terapias alternativas. Prefieren, en cambio, presentarse como “disidentes” en un intento por incluir al establishment médicoindustrial hostil en un “debate” científico genuino. Se quejan de que sus intentos de plantear preguntas y proponer hipótesis alternativas han sido rechazados o ignorados injustamente, perjudicando al propio avance científico.

El disenso y la crítica son, por supuesto, esenciales para la ciencia, pero también lo es el respeto por la evidencia y la revisión por pares. Si bien era intelectualmente respetable disentir diametralmente con los principales puntos de vista en los primeros días de la ciencia del SIDA, cuando se sabía relativamente poco sobre la patogénesis del SIDA, ello ya no es sostenible. En los años 80 era comprensible que los disidentes del SIDA no aceptaran fácilmente que un solo virus pudiera causar tantas enfermedades diferentes. Pero una vez que se demostró que el VIH minaba el sistema inmune, haciendo que el cuerpo fuera vulnerable a un huésped de infecciones oportunistas, deberían haber abandonado sus preocupaciones. De igual forma, el cúmulo de datos sobre los éxitos de los tratamientos con ARV deberían haber mitigado sus preocupaciones iniciales sobre los beneficios generales del tratamiento. Así, uno de los primeros médicos disidentes, Joseph Sonnabend, ya en el 2000 había reconocido la capacidad de salvar vidas de los ARV, describiéndolos como una “maravillosa bendición” (Sonnabend, 2000). Sin embargo, ello no detiene a los actuales negadores del SIDA, quienes continúan citando sus anticuados puntos de vista en sus sitios Web apoyando sus posturas inalterables.

Dada su resistencia a toda evidencia contraria, sería más adecuado definir a los disidentes de hoy día como negadores del SIDA. Esta postura puede atribuirse, en parte, a un verdadero malentendido acerca de la ciencia del VIH. Por ejemplo, en su declaración a la corte australiana en el caso Parenzee, un miembro del grupo de Perth, Valendar Turner, testificó que el VIH no había sido aislado porque se lo había identificado solamente a través de la detección de la trascripción reversa (el proceso de generar una cadena de ADN con una secuencia de bases complementaria, de una cadena de ARN), actividad que no es exclusiva de los retrovirus (Turner, 2006, 4). En un testimonio posterior para la fiscalía, Robert Gallo (descubridor de los retrovirus y co-descubridor del VIH) señaló que el VIH había sido identificado como retrovirus a través de la detección de trascriptasa reversa, que es una enzima exclusiva de los retrovirus, no la actividad de la trascripción reversa per se. Agregó que “sólo un tonto” podría confundirlas (Gallo, 2007b, 1310, 1313-1314).

Malinterpretar la ciencia del SIDA puede ser parte de la historia, pero no explica por qué los negadores del SIDA son tan hostiles y descreídos respecto de la ciencia del SIDA. Probablemente, parte de la respuesta tiene que ver con la creencia de que el “establishment científico” ha sido corrompido por la industria farmacéutica (véase por ejemplo, Farber, 2006). Ello concuerda con lo que Jon Cohen (2006, 1) llama “farmanoia”, o “la extrema desconfianza hacia la investigación sobre drogas que está arrasando al mundo”.

La novela de John le Carré (y la posterior y exitosa película de Hollywood) The Constant Gardener, que muestra un relato conspirativo sobre ensayos médicos no éticos en África, es un clásico en este género (Le Carré, 2001). Este libro fue citado aprobatoriamente en un documento sudafricano que negaba el SIDA —siendo el presidente Mbeki uno de los co-autores— afirmando que estaba “bien investigado” y era “revelador” sobre la forma en que la industria farmacéutica influencia la investigación académica (Mbeki y Mobaka, 2002).

La industria farmacéutica, por supuesto, está lejos de ser angelical. Hay casos documentados donde las compañías fabricantes de drogas han diseñado pruebas de modo que promuevan ventas de productos particulares en lugar de testear los mejores tratamientos posibles; donde pruebas clínicas en países pobres han sido poco éticas; donde las primeras investigaciones que indicaban efectos secundarios peligrosos han sido ignoradas durante mucho tiempo; donde se ha abusado de la ley de patentes para prevenir la competencia de bajo costo; donde se han gastado demasiados recursos en el marketing de las llamadas “me-too drugs” (esto es, drogas que son apenas diferentes de productos ya existentes) en lugar de invertir en el desarrollo innovador de drogas; y donde se ha ofrecido a médicos, investigadores y políticos incentivos de financiamiento poco éticos (Goozner, 2004; Angell, 2005). Sin embargo, lo que sugieren estos casos es que la industria farmacéutica (y la industria que recibe fondos para la investigación) necesita ser cuidadosamente examinada y regulada. Ello no implica que toda la industria y la ciencia médica asociada a ella sea dañina para los seres humanos. Como sostiene Cohen (2006), el problema con la nueva farmanoia ha colocado a la “Gran Farma” a la par de la “Gran industria del tabaco” y, por medio de la exageración descontrolada, ha tornado “matices de moral gris en negra”.

Lo mismo se aplica a la investigación del SIDA, donde la industria farmacéutica tiene un claro incentivo para solventar y apoyar esas actividades de investigación más probablemente para generar beneficios en el futuro. Ello significa que deben crearse mecanismos adicionales para asegurarse de que se apoyen áreas de investigación más riesgosas y menos redituables, aunque no menos importantes, como el desarrollo de vacunas. Esto no implica, como afirman los negadores del SIDA, que la industria farmacéutica esté financiando una conspiración global que incluye a científicos, epidemiólogos y practicantes médicos para inventar una enfermedad con el objetivo de poner en el mercado drogas peligrosas. (Esta táctica también ha sido utilizada de forma conmovedora por Kevin Trudeau en sus infomerciales; véase Skeptical Inquirer, January/February 2006, “What They Don’t Want You to Know”.) Aparte de que no hay evidencia de que esto sea así, la idea es incoherente porque los fines de lucro que impulsan a las compañías farmacéuticas les darían un incentivo para mantener a la gente con vida, en terapia crónica, tanto como sea posible, y no en cambio matarlas rápidamente con drogas peligrosas.

La falta de respeto hacia los científicos del SIDA y hacia los médicos es una característica que define a los negadores del SIDA. Protegidos por un manto de orgullo autoritario —sólo ellos tienen la inteligencia y el coraje moral para ver el mundo como es— se describen a sí mismos como solitarios, perseguidos portadores de la verdad. Como comentara amargamente el científico dedicado al SIDA John Moore (2006), sus posturas implican que “decenas de miles de profesionales de la salud e investigadores científicos son demasiado estúpidos para darse cuenta de que el VIH no es la causa del SIDA, o demasiado venales para hacer cualquier cosa por miedo a perder ingresos provenientes del gobierno o de las droguerías”. Igualmente mortificante para los científicos es el hecho de que la mayoría de los negadores del SIDA sinceros, son periodistas o académicos sin entrenamiento científico y que, aquellos que tienen títulos médicos nunca han trabajado en el área del VIH.

Robert Gallo, descubridor de los retrovirus, empleó 10 páginas de su libro sobre el descubrimiento del VIH para demoler las especulaciones de Duesberg. (AFP Photo/ Roland Magunia. [Foto vía Newscom])
Robert Gallo, descubridor de los retrovirus, empleó 10 páginas de su libro sobre el descubrimiento del VIH para demoler las especulaciones de Duesberg. (AFP Photo/ Roland Magunia. [Foto vía Newscom])

En el curso normal de la actividad científica, ello deja a los negadores con escasa —o ninguna— credibilidad. Gallo planteó el asunto muy bien en el caso judicial de Parenzee con respecto a Turner: “¿Es virólogo? ¿Hace experimentos sobre SIDA?”, preguntó al abogado defensor cuando se le expuso la creencia de Turner acerca de que el VIH no había sido aislado. “No”, interpuso el juez. “Tiene un título en medicina de emergencias”. “Ya veo”, contestó Gallo. “Yo no tengo ese título. Nunca jamás venga a consultarme si está lastimado” (Gallo, 2007b, 1272-1273). En un correo electrónico posterior enviado a los científicos y activistas que dirigen el sitio Web anti-negadores del SIDA, www. aidstruth.org, Gallo expresó su asombro acerca de la “gran ignorancia unida a la grandiosidad de venderse a sí mismos como expertos” del Grupo de Perth, diciendo que “sería como si nosotros discutiéramos con Niels Bohr sobre mecánica cuántica” (Gallo, 2007a).

El único negador del SIDA activo con cierto prestigio científico es Duesberg, quien es miembro de la Academia Nacional de Ciencias y la primera persona que aisló un gen del cáncer2. Pero su credibilidad para hablar sobre el SIDA se ve opacada por el hecho de que nunca condujo investigación científica alguna sobre el VIH, y tampoco las publicó en revistas científicas de revisión por pares. Simplemente no tiene evidencia alguna para apoyar su errónea afirmación de que el SIDA es causado por drogas ARV en lugar del VIH.

Incapaz de convencer a sus colegas científicos, Duesberg depende de los medios (incluyendo a Internet) para promover directamente al público sus puntos de vista. Su causa recibió una ayuda sustancial del diario The Sunday Times, desde 1992 a 1994, cuando el editor de ciencia publicó varios textos largos intentando desacreditar a la ciencia del SIDA. Ello permitió que Duesberg logre una especie de credibilidad construida socialmente fuera de los canales científicos convencionales (Epstein, 1996, 105-178), lo cual, en cambio, impulsó a John Maddox (por entonces editor de Nature) a tomar la ofensiva y someter a The Sunday Times a reseñas críticas en forma regular durante ese período.

En gran parte debido al perfil de Duesberg, la comunidad científica fue forzada a prestar mayor atención a sus ideas. Más de lo que justificaba su contenido. En 1991, Gallo (1991, 287297) dedicó diez páginas de su libro sobre el descubrimiento del VIH a demoler las especulaciones de Duesberg. Un par de años después, Science investigó las afirmaciones de Duesberg y concluyó que ninguna resistía el escrutinio (Cohen, 1994). Sin intimidarse, Duesberg y su colega David Rasnick repitieron sus hipótesis ampliamente refutadas en un artículo de 1998 (el cual fue refutado en la misma revista punto por punto) (Galea and Chermann, 1998). Nada de esto tuvo algún impacto sobre Duesberg o sobre los periodistas como Farber, quien continuó promoviendo sus posturas, que no cambiaron un ápice desde principios de los años 90.

Los científicos que se dedican a la investigación del SIDA están desconcertados por ese rechazo para aceptar las implicancias del peso de la evidencia en contra. Como Gallo dijo acerca de Duesberg en 1988, él es “como un perrito que no suelta lo que tiene” (citado en Cohen, 1994, 1644). Moore (1996) fue incluso más lejos, comparando a Duesberg con el Caballero Negro de Monthy Python y el Santo Grial quien, luego de quedarse con todos sus miembros cortados por sus oponentes, trata de luchar con los dientes.

Una de las tácticas de Duesberg es explotar la incertidumbre siempre presente en la ciencia y demandar cada vez más estándares minuciosos de “prueba”, y, cuando ésta no se encuentra disponible, proclamar falazmente que la hipótesis alternativa debe ser verdadera. Como Maddox observó

Duesberg no ha estado haciendo o planteando preguntas que él crea deban ser contestadas, sino que ha hecho demandas y ha insinuado (a veces descaradamente) a sus colegas, “A menos que me puedas contestar esto, y ahora mismo, tu creencia de que el VIH causa el SIDA está equivocada.” Es como si una persona le hubiera dicho a Schrödinger en 1926, “A menos que usted pueda calcular el espectro del hidruro de litio, la mecánica cuántica es un paquete de mentiras” (resulta interesante que esa pregunta aparentemente simple sólo hoy está siendo respondida). (Maddox, 1993, 109).

Este tipo de razonamiento falaz también es evidente en otra clase de negadores, tales como aquellos que niegan la evolución y ven cualquier hueco en los registros fósiles como una prueba de que Dios debe haber creado el mundo (Mooney, 2005).

Su ferviente adhesión a ideas clave tiene una consecuencia adicional: la incapacidad o rechazo de los negadores del SIDA para sopesar riesgos y beneficios. Así, tan pronto pueda mostrarse alguna toxicidad de un ARV en cualquier contexto, concluyen que la droga no debe ser prescripta en ninguna circunstancia. Por ejemplo, cuando surgió evidencia clínica sobre eventos adversos ocurridos entre madres sometidas a terapia con Nevirapine a largo plazo, Farber (2006) aprovechó esta situación para argumentar que el Nevirapine no debería ser usado bajo ninguna circunstancia —incluso en dosis individuales para prevenir la trasmisión materna del VIH, régimen de drogas que ha demostrado ser seguro. Cuando se señaló este error (Gallo et al., 2006) el grupo de negadores del SIDA “Rethinking AIDS” (Reconsiderando el SIDA) apoyó la estrategia de Farber sobre la espuria base de que era “fácilmente aplicable” como evidencia en los dos ensayos clínicos contra Nevirapine, como parte de un único argumento contra el Nevirapine (Rethinking AIDS, 2007). Reclamaron, sin evidencia alguna, que ambos ensayos mostraban eventos adversos significativos, cuando, de hecho, nunca hubo un solo caso de riesgo de vida en una dosis individual de Nevirapine.

Todos los debates con los negadores del SIDA terminan en un punto muerto, simplemente como consecuencia de su renuencia a respetar las reglas de un debate razonable. Ello es evidente en las páginas Web de “respuesta rápida” del British Medical Journal (BMJ), donde los negadores del SIDA como Papadopulos-Eleopulos y Rasnick, contaron con un espacio desproporcionado antes de que el BMJ revisara las reglas y excluyera este “estruendoso enfrentamiento de sordos” (Butler, 2003). Típicamente, los negadores pegarían largos y complicados textos en sus envíos de respuesta rápida y entonces discutirían extensamente con cualquiera que respondiese.

Después de tratar de entablar un diálogo con los negadores, Peter J. Flagg, médico del Blackpool Victoria Hospital, finalmente estalló diciendo lo siguiente:

Lo que está teniendo lugar en este foro es una farsa, no un debate… Se supone que los buenos científicos aceptan la nueva evidencia y la incorporan a sus hipótesis. El enfoque negador es ignorar toda nueva evidencia que contradiga sus posturas predeterminadas. Después de una exhaustiva refutación de cualquier punto de vista, la táctica de los negadores es cambiar rápidamente de tema. Después, cuando nadie está observando, pueden volver al tema original, esperando que nadie se dé cuenta de que estos puntos fueron completamente desacreditados en una ocasión anterior.

Exactamente las mismas técnicas son evidentes en blogs científicos cuando los negadores del SIDA entran en el “debate”. El blog científico de Tara C. Smith, Aetiology, albergó varias interacciones improductivas e incoherentes con los negadores del SIDA —en las que se destacó notablemente Harvey Bialy (biógrafo de Duesberg y miembro del Panel Consultor de Mbeki sobre SIDA). Los negadores no concedían nada, ni siquiera cuando la cuestión era obvia para cualquier lector. Por ejemplo, los negadores del SIDA citaban permanentemente un viejo estudio de Nancy Padian que informaba sobre bajas tasas de transmisión de VIH entre parejas sexuales (Padian et al., 1997) como evidencia a favor de sus afirmaciones acerca de que el VIH no puede ser transmitido sexualmente. Cuando se les recordó que a los participantes del estudio de Padian se les recomendó fuertemente que practicaran sexo seguro (lo que significa que el estudio no puede ser utilizado para apoyar la pretensión de que el VIH, per se, es difícil de transmitirse por vía sexual) y cuando se les presentó evidencia proveniente de otros estudios que mostraban que el riesgo de transmisión sexual puede ser de un 20 por ciento o mayor en los países en desarrollo, los negadores simplemente cambiaban de tema. Ello llevó a Chris Noble a comentar:

Bueno, parece que hemos recorrido un largo camino desde el famoso estudio de Padian, el cual, de acuerdo a Harvey Bialy “demostró claramente que la transmisión del VIH por vía sexual era producto de la imaginación.”

Noto que Bialy nunca hizo siquiera un comentario que fuera relevante para el estudio. Ésta es la gente que pretende que el VIH posiblemente no puede causar el SIDA. Les pides que justifiquen lo que dicen y te citan el “estudio de Padian”.

Tú les demuestras que ese estudio no puede usarse para concluir que el VIH no se transmite sexualmente y todos se callan, mencionan otros estudios o, en el caso de Bialy, proceden a insultar a todo aquel que no venere a Peter Duesberg.

Predigo que en el futuro la misma gente va a citar al “estudio de Padian” como prueba de que el VIH no se transmite sexualmente (Noble, 2006).

Exactamente como lo predijo, los negadores continuaron distorsionando el estudio de Padian (véase a Farber, citado en Kruglinski, 2006, y Turner, 2006, 13-14) e, incluso cuando la propia Padian protestó por la forma en que los negadores del SIDA habían malversado su trabajo e ignorado la evidencia disponible (Padian, s.f.). Los negadores descartaron la respuesta de Padian y la tildaron de “infoganda” (George, 2006).

Esta falta de respeto por la integridad de los científicos hace que a los científicos dedicados al estudio del SIDA les resulte muy difícil realizar algún progreso. Como comentara Brian Foley, un científico que trabaja con la base de datos sobre VIH en el Laboratorio Nacional de Los Alamos, después de un largo intercambio en un blog con una negadora del SIDA, la sudafricana Anita Allen:

Realmente, aquí no hay nada que pueda llamarse “debate científico”. La ciencia se trata de experimentos, datos y teorías para explicar los datos. Si Anita dice “El virus nunca ha sido aislado” y yo digo “De hecho, se han generado docenas de clones moleculares infecciosos del VIH-1, y la clonación es el punto máximo que se ha logrado en términos del aislamiento de retrovirus,” uno de los dos tiene que estar mintiendo. (Foley, 2006)

Los comentarios de Foley apuntan al rol central de la integridad y el respeto por la experiencia en la ciencia. Él dice que para Allen, que no es científica, afirmar que el VIH no existe equivale a acusar a Foley de malinterpretar o mentir acerca de la enorme base de datos sobre el VIH que conoce al dedillo. Para él, el rechazo de Allen para aceptar la gran cantidad de evidencia (y la bona fide de Foley para informarla) significa que ella opta por creer —y propagar— mentiras.

En lo que respecta a la comunidad científica, el “debate” sobre si el VIH causa el SIDA ha sido zanjado definitivamente. Tal como lo expresan los científicos que trabajan con el SIDA y los activistas que dirigen el Website www.aidstruth.org:

Desde hace muchos años hasta ahora, los negadores del SIDA no han tenido éxito en convencer a publicaciones de revisión por pares confiables para que acepten sus puntos de vista sobre el VIH y el SIDA, y ello se debe a su implausibilidad científica e inexactitudes fácticas. Este fracaso no autoriza a aquellos que disienten con el consenso científico en una cuestión de vida o muerte con respecto a la salud pública a intentar confundir al público general creando la impresión de que hay controversia científica existe cuando de hecho no existe. (AIDSTruth, 2007).

El presidente sudafricano Thabo Mbeki ha alentado a los negadores del SIDA y ha retrasado la implementación de tratamientos. (Reuters/Finbarr O’Reilly, Sudáfrica [Foto vía Newscom])
El presidente sudafricano Thabo Mbeki ha alentado a los negadores del SIDA y ha retrasado la implementación de tratamientos. (Reuters/Finbarr O’Reilly, Sudáfrica [Foto vía Newscom])

Lamentablemente, el presidente Mbeki fue precisamente uno de los que fueron convencidos de que la controversia existe, y, retrasando la implementación de los ARV en el sector público tanto para la prevención del VIH como para el tratamiento del SIDA, su creencia tuvo como consecuencia la pérdida de miles de vidas (Nattrass, 2007). Mbeki también ha estado asociado con Christine Maggiore, la controvertida negadora estadounidense VIH positiva que no practica sexo seguro y hace campaña activamente en contra del uso de los ARV (Moore y Nattrass, 2006). Cuando Maggiore estaba embarazada de su segundo hijo, salió en la tapa de la revista Mothering mostrando la leyenda “no al AZT” a lo largo de su abdomen. No tomaba ARV para prevenir la infección de su hija con VIH e incrementó el riesgo de la transmisión amamantándola posteriormente. Trágicamente, su hija murió tres años después de lo que el juez de instrucción de Los Angeles atribuyó a una neumonía relacionada con el SIDA (Ornstein y Costello, 2005). Sin embargo, Maggiore continúa negando que el VIH haya tenido algo que ver con la muerte de su hija, afirmando en cambio que la niña murió a causa de una reacción alérgica a un antibiótico, a pesar de la sustancial evidencia en contra (Bennett, 2006).

La gente que ocupa posiciones de autoridad, sean hombres de Estado como Mbeki o padres como Maggiore, tienen la vida de los demás en sus manos. El hecho de que rechacen la ciencia a favor de la negación del SIDA no sólo es profundamente irresponsable sino trágico. Pero la responsabilidad por el sufrimiento innecesario y la muerte también recae sobre los negadores del SIDA que promueven puntos de vista desacreditados y peligrosos, a la vez que exhortan a la gente a rechazar los tratamientos científicamente probados.


Este artículo apareció originalmente en la revista Skeptical Inquirer, Vol. 31, No. 5 September/October 2007. Traducido por A. Borgo. Agradecemos la colaboración de Mariano Moldes y Leslie Hatton.

Notas

  1. Véase, por ejemplo, www.virusmyth.net/aids/index/jsonnabend.htm.
  2. Otro negador del SIDA con credenciales científicas es Kary Mullis, que ganó un premio Nobel de química por inventar la reacción en cadena de polimerasa. Sin embargo, él tampoco ha hecho ninguna investigación científica sobre el VIH o el SIDA y, al contrario que Duesberg, no milita activamente en el movimiento de los negadores del SIDA. Su autobiografía (Mullis, 1998) documenta su escepticismo sobre la relación del VIH y el SIDA, así como sus encuentros con extraterrestres y su creencia en los platillos volantes y en la astrología.

Referencias

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