Libros

Literatura, historia y conspiraciones

03-librosEl código da Vinci. Por Dan Brown, traducción de Juanjo Estrella, Círculo de Lectores, Barcelona, 2003


Pocos términos resultan más confusos a priori que la expresión literatura histórica. ¿Qué queremos señalar al definir una obra como tal? Al igual que sucede con otra expresión igualmente equívoca, la deciencia-ficción, podríamos creer que es muy sencillo, que su definición está contenida en las propias palabras que las forman. En realidad el problema es mucho más complejo.

Si decimos que una obra pertenece a la literatura histórica sólo podemos dar por sentado que una creación literaria contiene elementos históricos, pero nada nos dice sobre la relación existente entre ambas partes del binomio. Simplificando la cuestión, un escritor puede tener tres actitudes distintas, riguroso respeto al marco histórico, vulneración parcial de la historia, invención de la historia. Evidentemente, de esas actitudes nacen obras muy diferentes que, sin embargo, se consideran pertenecientes a un mismo género, ese cajón de sastre que llamamos literatura histórica.

Como decimos en España, “no todo el monte es orégano” y el problema aparece con cosas como El código da Vinci, que comienza con la siguiente afirmación mendaz: “El Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Botticelli, Víctor Hugo y Leonardo da Vinci.” “Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces.” (Pág. 11)

Nada más alejado de la realidad que esa pretensión de veracidad. En efecto, Los Archivos Secretos del Priorato de Sión existen y están en la Biblioteca Nacional de Francia en París. Consisten en una serie de recortes de prensa, árboles genealógicos, cartas… cuya recopilación se atribuye a un tal Henri Lobineau. Ahora bien, Lobineau no existe y tales documentos son una falsificación que fue introducida en la Biblioteca Nacional en fecha indeterminada pero reciente. Las investigaciones del periodista francés Jean-Luc Chaumeil demuestran que tales documentos fueron creados por Pierre Plantard y Philippe de Chérisey y propagados por el escritor esoterista francés Gérard de Sède (L´Or de Rennes)1 primero y después por los británicos Baigent, Leigh & Lincoln (The Holy Blood and the Holy Grail)2 pese a que tanto uno como otros eran consciente de la falsificación en la que apoyaban su “investigación”. En 1971 un conflicto por los derechos de autor del libro de Gérard de Sède entre el escritor y Philippe de Chérisey destapó todo el asunto al reconocer éste que los pergaminos eran obra suya. Fue inútil. Los documentos falsificados fueron y son admitidos como auténticos por los escritores esoteristas.3

Sobre esta base inventada edifica Mr. Brown su novela que el Chicago Tribune considera “historia fascinante y documentada especulación que vale varios doctorados.” La verdad, con esos críticos tan incompetentes uno comienza a entender mejor lo que pasa en los EEUU porque, además de los disparates ajenos, el escritor norteamericano añade otros de su propia cosecha. Veamos unos cuantos de los múltiples que contiene y cuya exposición detallada sobrepasaría los límites de esta crítica.

Cuando era un joven estudiante de astronomía, Langdon se sorprendió al saber que el planeta Venus trazaba un pentáculo perfecto en la Eclíptica cada ocho años. Tan impresionados quedaron los antiguos al descubrir ese fenómeno, que Venus y su pentáculo se convirtieron en símbolos de perfección, de belleza y de las propiedades cíclicas del amor sexual. Como tributo a la magia de Venus, los griegos tomaron como medida su ciclo de cuatro años para organizar sus Olimpiadas.” (Pág. 50) Pues queda muy bonito, pero ni Venus dibuja un pentáculo perfecto, ni las Olimpiadas tenían nada que ver con Venus (supongo que Mr. Brown pensaba en Afrodita, el equivalente griego de la romana Venus) y sí con Zeus.

Durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres.” (Pág. 138) En realidad, ni la caza de brujas fue realizada sólo por la Iglesia (posiblemente la justicia civil mató a más presuntas brujas que la eclesiástica) ni afectó sólo a mujeres (también murieron o fueron condenados brujos) ni la cifra de cinco millones tiene ningún soporte real.

A través de la penumbra rojiza, vio que la mujer había arrancado el cuadro de los cables que lo sujetaban y lo había apoyado en el suelo, delante de ella. Su metro y medio de altura casi le ocultaba el cuerpo por completo.” (Pág. 147) En realidad, el cuadro al que se refiere, La Virgen de las Rocas, mide casi dos metros de altura, 198 centímetros para ser exacto.

El hecho de que Jesús pasara a considerarse ‘el hijo de Dios’ se propuso y se votó en el Concilio de Nicea.” (Pág. 250) Pues la barbaridad es considerable, pero mucho antes del concilio niceano ya se consideraba a Jesús como hijo de Dios, sin ir más lejos en los evangelios, escritos en el S I o comienzos del S II.

Como Constantino ‘subió de categoría’ a Jesús cuatro siglos después de su muerte…” (Pág. 251) Veamos, el Concilio de Nicea y el supuesto (e inexistente) ascenso de Jesús a la divinidad por obra y gracia de Constantino tuvo lugar en el año 325. Si esto sucedió cuatro siglos después de su muerte significa que, según Mr. Brown, Cristo falleció en el año 75 antes de Cristo, lo que no deja de resultar curioso.

Un poco raro, ¿no le parece?, teniendo en cuenta que tanto la Biblia como la leyenda establecida sobre el Grial consideran que ese momento es el de la entrada en escena del Cáliz Sagrado. Y resulta que a Leonardo va y se le olvida pintarlo.” (Pág. 253) Leonardo, evidentemente, conocía los evangelios mucho mejor que Mr. Brown (lo que, por lo ya visto, es algo sencillo). La Última Cena, que es la pintura de Leonardo a la que se refieren, ilustra un episodio narrado en el evangelio de San Juan 13, 21 cuando Jesús anuncia a los Doce que uno de ellos va a traicionarle. Sencillamente, en la pintura no aparece la copa del “Tomad y bebed…” porque ese episodio no figura en el evangelio de Juan. A Leonardo no se le olvidó nada, al contrario, recordó muy bien el texto evangélico.

Sophie se fijó en aquella figura, observándola con detenimiento. Al estudiar el rostro y el cuerpo, le recorrió una oleada de desconcierto. Aquella persona tenía una larga cabellera pelirroja, unas delicadas manos entrelazadas y la curva de unos senos. Era, sin duda… una mujer.” (Pág. 259) Pues por más que miro reproducciones detalladas de La Última Cena, les prometo que no veo curvas de senos por ninguna parte. Si el cabello largo es síntoma de la femineidad del personaje, ¿quién es la mujer que está en el centro de la pintura y que todo el mundo creía que era Jesús? ¿La mujer barbuda? Y ya que estamos con Leonardo, ¿qué mujer es la que representa en el cuadro de San Juan Bautista del Louvre? Cabello pelirrojo largo y ensortijado, manos delicadas, rasgos femeninos y las manos dispuestas para que tapen el pecho. Según Mr. Brown, ¿será que San Juan Bautista era también una mujer o, sencillamente, que Leonardo cuando quiere pintar un personaje bello le confiere características femeninas?

María Magdalena. -Hizo una pausa-. Y, más concretamente, su matrimonio con Jesús.

– ¿Cómo dice? -Sophie miró un instante a Langdon.

Está documentado históricamente.” (Pág. 260) Evidentemente, Mr. Brown no tiene ni la menor idea de lo que es la documentación histórica. El presunto matrimonio entre Jesús y María de Magdala no está documentado. No pasa de ser una suposición gratuita que se ha extendido más por los aspectos escandalosos que implica que por consideraciones históricas. Incluso el texto del apócrifo evangelio de Felipe que cita en la pág. 262 -aun cuando considerásemos que este evangelio es una fuente histórica válida (que ya es conceder)- deja claro que Jesús y María no eran marido y mujer porque ¿qué sentido tendría, entonces, que los discípulos preguntasen a Jesús por qué quería más a María Magdalena que a ellos? La respuesta de Jesús, según el mismo evangelio, no es del tipo “porque es la madre de mis hijos” o “porque es mi esposa” sino: “Un ciego y un vidente, estando ambos a oscuras, no se diferencian entre sí. Cuando llega la luz, entonces el vidente verá la luz y el que es ciego permanecerá a oscuras.4

Los merovingios fundaron París.” (Pág. 275) Ante esa afirmación, uno sólo puede acordarse del personaje de Les Luthiers que acertó a fundar Caracas en pleno centro de Caracas… que ya estaba fundada. ¿Qué ciudad creerá Mr. Brown que era la capital de los Parisios a la que los romanos llamaron Lutetia Parisiorum.

En pocas palabras, Langdon le explicó a Sophie que Baphomet era un dios pagano de la fertilidad asociado a la fuerza creativa de la reproducción.” (Pág. 335) Maravilloso, pero, sencillamente, el Baphomet es una invención de la Inquisición. En un principio se acusó a los templarios de idolatría (entre otras cosas) y alguno de ellos reconoció (gracias a los “métodos de interrogatorio” entiéndase, torturas) que adoraban una cabeza (otros hablan de un gato). Dos de los templarios de Carcasona dijeron que se dirigían a ella con el nombre arábigo de Mahomet (Mahoma). Vamos, que nada que ver con dioses de la fertilidad ni verduras de las eras.

A la mayoría los quemaban en la hoguera y los arrojaban al Tíber sin más ceremonias.” (Pág. 357) Se equivocó de río. Si se refiere a la famosa ejecución del gran maestre de Molay y de su compañero de Charney en 1314, como fueron quemados en París el río era el Sena. Si quiere hacer una referencia al papado, debería haber escrito el Ródano puesto que en esos años, la sede papal no era Roma sino Avignon.

El orbe que debería haber estado en la tumba de Newton no podía ser otro que la manzana que había caído del cielo, que le había caído a Newton en la cabeza y había sido la fuente de inspiración de la gran obra de su vida, escrita por cierto en latín.” (Pág. 446) Vamos, que si no hubiera sido por el inspirador manzanazo espacial, Newton no se hubiera enterado de nada. Supongo que la lectura de la obra de Kepler Harmonices mundi (por cierto, escrita en latín como otras muchas obras científicas de la época) no tuvo la menor importancia como inspiradora de los Principios matemáticos newtonianos.

Estas auténticas burradas históricas (entre otras muchas) son las que aparecen por doquier en esta obra tan “bien” documentada. Si, por lo menos, el texto tuviera méritos literarios sería menos importante, pero es que ni siquiera eso se cumple. Los personajes parecen tontos (necesitan poco menos que el auxilio del Espíritu Santo para resolver enigmas al alcance de un niño), los diálogos no lo parecen, lo son. Toda la trama es previsible entre otras cosas porque no es nada original y no sólo por su deuda conEl enigma sagrado sino, también, porque los últimos años han sido pródigos en obras basadas en conspiraciones para revelar u ocultar secretos que dañarían a la Iglesia (Véase, por ejemplo, El quinto evangelio por Philipp Vandenberg -aquí aparecen ya mensajes ocultos en una obra de Leonardo da Vinci y un hijo de Jesús y María Magdalena-, El testamento de Judas por Daniel Easterman -en el que ya aparece el recurso del aliado que termina siendo el enemigo-, o La sangre de los cátaros por Elizabeth Chadwick -en el que figura María de Magdala como el Grial, la copa simbólica que contenía la sangre de Jesús por ser la madre de su hija-).

Después de todo esto ¿qué queda? Evidentemente, ni literatura ni historia. Sólo un descarado producto de mercadotecnia, con dosis de feminismo radical, esoterismo, chorradas de la Nueva Era, denuncia de la Iglesia Católica en general y del Opus Dei en particular… aunque todo eso sin olvidar lo políticamente correcto. A fin de cuentas, en un giro ridículo de la trama termina haciendo que el cardenal del Opus Dei no sea “el malo de la película”, papel que recae (¿cómo no?) en el investigador que quiere revelar el secreto de la Sangre Real.

Tal vez la mejor definición de este libro la haya realizado un crítico español que aseguró que Dan Brown es a la literatura lo que Ed Wood a la cinematografía. Amén (aunque no sé si el bueno de Ed no tendría que sentirse ofendido por la comparación).


Notas

  1. Existe traducción al castellano bajo el título El Oro de Rennes en la colección Otros Mundos de Plaza & Janés.
  2. Existe traducción al castellano bajo el título El enigma sagrado en Martínez Roca S.A. y Círculo de Lectores.
  3. Véase El tesoro oculto de los templarios por Josep Guijarro en Martínez Roca S. A. Págs. 102 y ss. y El Grial secreto de los cátaros por Joaquín Javaloys en Edaf S. A. Págs. 165 y ss..
  4. Evangelio de Felipe en Textos Gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi II. Edición y traducción de Antonio Piñero, José Montserrat Torrents & Francisco García Bazán. Ed. Trotta. Valladolid, 1999. Pág. 35.