Reseñas

La maravilla de una obra sin creador

screen-shot-2016-11-17-at-10-42-15-amEvolucion para todos. Por Dylan Evans & Howard Selina. Editorial Paidós, 2006. 173 páginas.


Ideal para adultos sin conocimientos en la materia o adolescentes, Evolución para todos está escrito imaginando las preguntas que una mente fresca, novata e indagadora se haría con lógica naturalidad. No profundiza los planteamientos y, paradójicamente, de allí proviene su valor. Los enuncia en un texto muy breve que reúne una gran cantidad de ideas básicas, encadenándolas, con sencillez y claridad.

Los autores comienzan citando al genetista ruso Dobzhansky: “En la biología nada tiene sentido si no se mira a la luz de la evolución”. Y tácitamente, parecen sugerir, hoja tras hoja, que —específicamente en el estudio del hombre— nada tiene sentido si no se lo mira a la luz de la biología, denunciando el oscurecimiento propio de la cosmovisión metafísica y subrayando el enfoque que sitúa nuestro origen en el contexto del inicio de la vida y a éste en el contexto del universo.

En cuanto al concepto central que da título al libro, y volviendo al “sentido” que otorga la idea de evolución, los autores permiten desenterrar una serie de sentidos y sinsentidos que separan las aguas entre la fundamentación de la idea de evolución por selección natural y el despropósito de la idea del diseño inteligente. Plasman la conceptualización de una complejidad propia de las especies, incluido el ser humano, en términos de lo que simplemente sucede sin una finalidad trazada. Sin la previsión de un ente inmaterial y sin la trascendencia humana, puede dilucidarse el “cómo”, evitando recurrir al “para” que nos haga creer en el espejismo de un diseño que antecede dicha complejidad.

Las creencias religiosas son invocadas, para ser refutadas luego por la evidencia de los procesos naturales generadores del cambio y la diversidad.

Evans y Selina nos llevan desde Darwin hasta Dawkins con ejemplificaciones precisas que permiten fijar las ideas de un proceso explicable (genes, mutación, supervivencia), donde las suposiciones divinas no tienen lugar.

Este libro no pretende abarcarlo todo, pero enuncia lo necesario y más que suficiente para reafirmar la prescindencia del a priori sobrenatural y la necesidad de asimilar el concepto de azar en biología.

De este modo, desmonta el prejuicio del sobrenaturalismo que impregna tanta lectura inverosímil sobre la realidad asentada en la idea de una inteligencia superior, y nos permite concluir que conocer trae aparejado el placer de maravillarnos ante una obra sin creador, en el suceder natural del que formamos parte.

Finalmente, invita a una reflexión que muestra lo indispensable que sigue siendo, hoy día, el escepticismo: a pesar de que las teorías científicas prosperan en tanto se ajustan a la realidad, las ideas ganan popularidad cuando encajan con la satisfacción de nuestros deseos y creencias, lo que no tiene por qué coincidir con su veracidad. “La batalla entre ciencia y superstición todavía no ha terminado”, concluye.

Dejando a un lado la variable ética implicada en la última frase del libro: “(la ciencia) sólo puede informarnos de cómo son las cosas y no de cómo deberían ser”, me pregunto: ¿Sólo eso o todo eso? No tengo dudas de que eso, ¡es más que mucho!