Controversia

La ira de Dios contra Bangladesh

El ciclón Sidr, descrito como una impresionante masa blanca de 500 kilómetros de diámetro, azotó el sur de Bangladesh con vientos de 240 kilómetros por hora. Hasta el momento suman cerca de 4.000 muertos pero las autoridades tienen dificultades en contabilizar las víctimas ya que hay zonas devastadas a las que no pueden llegar los equipos de salvamento ni el ejército. Es probable que esta cifra se duplique a medida que pasen las horas.

En la región meridional, la más devastada, viven unas 5 millones de personas. Miles de casas de adobe, bambú y paja fueron literalmente borradas del mapa. Más de 1 millón de personas quedaron sin hogar. Los sobrevivientes relataron escenas de terror. Todo ha sido un infierno indescriptible. Pero el dolor no acaba; apenas el 1% de esta población ha sido socorrida.

Sidr es la peor tempestad en estos últimos años, en un país que fue arrasado por un ciclón en 1970 que causó cerca de 500.000 muertos, y por un maremoto ciclónico en 1991, que dejó como saldo 138.000 víctimas mortales. Estas cifras completamente descomunales pintan un drama humano difícil de comprender en su total magnitud, más aún cuando sabemos que este es uno de los países más pobres de la Tierra.

Ello debería ser suficiente para hacer dudar a cualquier persona inteligente sobre la existencia de un Dios todopoderoso, todo misericordioso, compasivo e infinitamente bueno que controla el universo. En filosofía esto se conoce como “el problema del mal”.

Epicuro, como siempre, va directo a lo esencial en su famoso tretralema de la religión: “O bien Dios quiere eliminar el mal y no puede, o puede eliminarlo y no quiere, o ni lo quiere ni puede, o lo quiere y lo puede. Si quiere y no puede, es impotente, por lo tanto no es Dios. Si puede y no quiere, es un malvado, idea extraña a Dios. Si no puede ni quiere, es a la vez impotente y malvado, por tanto no es Dios. Si quiere y puede, algo que solo está al alcance de Dios, ¿De donde procede entonces el mal, o por que Dios no lo suprime?”

Desde hace 24 siglos, ningún clérigo ni teólogo ha sido capaz de refutar esta lógica de hierro. Y a través de la historia encontramos también a algunos observadores inteligentes quienes notaron que los desastres eran ocurrencias puramente naturales y que no eran causados por espíritus o dioses inexistentes. Acerca de la plaga que mató a la tercera parte de la población de Atenas en el año 430 a.C., Thucydides escribió que las oraciones y oráculos no tenían efecto sobre la enfermedad y que los atenienses que eran fervientes adoradores de dioses murieron tanto como los pecadores.

Pero, como es de esperar, de esa caja de Pandora que es la Teología, reina absoluta de todas las supercherías, saldrá cualquier cosa. De los doctores en dicha “ciencia” divina, los teólogos, surgirá cualquier cambalache metafísico. Esta suerte de saltimbanquis de la fe habitualmente se refugian en dos madrigueras explicativas: que “los designios de Dios son inescrutables”, aunque declaran conocer perfectamente los designios de Dios para cualquier otro tema, o que estas catástrofes responden a un castigo por el pecado humano. (Eso no es todo, hay veces que se descuelgan con un disparate todavía más bochornoso: que estos desastres son enviados por el “misericordioso” Dios para probar la fe de sus creyentes…)

De ello hay antecedentes históricos. Por ejemplo, luego del terremoto de Lisboa en 1755, que había matado a más de 100.000 personas, los sacerdotes recorrían las calles encabezando las hordas religiosas colgando a gente que supuestamente había causado la ira de Dios por sus pecados.

Aún en pleno siglo XXI, encontramos este primitivo razonamiento entre los más reputados creyentes. Después del huracán Katrina, que se abatió sobre Nueva Orleáns, el Reverendo Franklin Graham., hijo del famoso predicador Billy Graham., dijo que la ciudad había sido blanco de la ira divina por ser una ciudad del pecado: “Esta es una ciudad mala, ¿ok?, es conocida por el trabajo de Satán. Es conocida por su perversión sexual, es conocida por cada tipo de drogas y alcohol y las orgías. Ha habido una nube negra espiritual sobre Nueva Orleáns durante años”.Semejante explicación sólo puede provenir de una mente completamente adulterada por la religión.

Como prueba de que la teología cristiana infecta por igual a distintas congregaciones religiosas hay que comentar, también sobre el Katrina, el caso del Arzobispo emérito de Nueva Orleáns, Philip Hanann, de 92 años, que ha estado veintitrés años al frente de la diócesis. Un domingo, en Meanville, ante miles de fieles, dijo: “Hemos llegado a un grado de inmoralidad nunca visto, y el castigo fue el Katrina. Debemos contar a nuestra posteridad lo terrible que fue, para que ella entienda que se trató de un castigo”. “Pienso que nos corresponde predicar muy fuertemente, sinceramente y directamente que esto fue un castigo de Dios. Él nos dio derechos y por consiguiente nos da deberes también. Debemos prestar atención a este castigo. […] Para quien lee seriamente las Escrituras, no hay cómo escaparse de ello. Todos los que yo conozco, sacerdotes y obispos, creen del mismo modo”.

Y sobre una de las catástrofes más grandes que recuerde la historia humana —el tsunami de diciembre de 2004—, tanto la teología de seminario como la popular han producido frases memorables, y sea dicho esto para todas las confesiones religiosas más importantes. Es que probablemente no haya habido ningún evento del que se tenga memoria que haya puesto a prueba la fe de tan diversas religiones al mismo tiempo, dado que las descomunales olas mataron a miles de musulmanes, hindúes, budistas de Sri Lanka y tailandeses y a turistas cristianos y judíos.

La debacle también ocurría en las mentes de pastores, sacerdotes, imanes, cardenales, y califas, que, debilitadas por la hipoxia cerebral causada por sus dogmáticas respectivas, tenían que lidiar encima con los pedidos de explicación de sus feligresías: ¿Cómo puede Dios hacer esto a esta pobre gente? Las respuestas, acordes a la teología que padecen, fueron las esperadas. Así, el jefe de los rabinos israelíes, Shlomo Amar, dijo a Reuters: “Esta es una expresión de la gran ira de Dios con el mundo”, “El mundo es castigado por su maldad, que es el innecesario odio entre las personas, la falta de caridad y la depravación moral.”

Un clérigo musulmán de Malasia, Azizan Abdul Razak, afirmó que el desastre fue un mensaje recordatorio de Dios de que “Él creó el mundo y lo puede destruir.”

Otro jeque y clérigo musulmán, Ibrahim Mogra, dijo desde Inglaterra: “Creemos que Dios tiene el máximo poder de control de toda su creación. Tenemos la responsabilidad de intentar y atraer la bondad y misericordia de Dios, y no hacer nada que pueda atraer su furia.”

Todos parecían plantearse la misma cuestión. El presidente del consejo indonesio de los ulemas, K.H. Ma’aruf, la más alta autoridad del Islam en ese país intentó consolar a sus fieles con una frase muy recurrida por sus colegas cristianos: “Los caminos de Alá son impenetrables”, decía, y para no claudicar muy corto, agregó: “Desde la humildad de nuestra condición humana no podemos comprender su infinita sabiduría. Un verdadero creyente debe entender que su destino y el de los demás están en las manos de Alá. Si alguien ha muerto o si alguien se ha salvado, ha sido voluntad de Alá”.

Como reflejo condicionado en la mente de todo creyente, se ensayaron otras muestras de saltos mortales de lógica como la de los musulmanes que afirmaban que el tsunami del sureste asiático lo envió Alá para castigar a la población por la sodomía de la isla de Phi-Phi y por la falta de celo islámico en la población. Como “prueba” estaban las mezquitas que quedaron de pie luego del paso de las olas. Pero no advirtieron que las mezquitas están construidas a base de columnatas que ofrecen menos resistencia al paso del agua y que, además, dadas las generosas contribuciones de los fieles musulmanes, las mezquitas están hechas con hormigón y no con madera como las casas arrasadas de la humilde población del lugar merecedora de tanto castigo. Al final, las explicaciones prosaicas tampoco hacen clic en las mentes infestadas de religión. La lógica y la geología no encajan en una mente dominada por la teología. Tal es el caso del cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Pontificio Consejo Vaticano para la Justicia y la Paz. En una entrevista al Corriere della Sera, dijo: “Ante tragedias de esta dimensión, la Humanidad experimenta su impotencia, pero también el hombre de fe se encuentra desnudo ante el misterio”. “Uno se interroga, pregunta a Dios, pero al final debe aceptar el misterio del sufrimiento, que forma parte del misterio de la cruz […]. Quizás Dios ha querido poner a prueba nuestra capacidad de ser solidario” (!), expresó. Tal vez, digo yo, es más verosímil que Dios esté probando nuestra paciencia para soportar los disparates de sus siervos.

“Nuestras iglesias, los conventos y las escuelas han quedado completamente destrozadas. Gracias a la ayuda de Dios en los últimos 20 años se habían construido nuevas parroquias, conventos, casas de acogida y escuelas. Ahora, viendo todas estas obras destruidas, me pregunto qué mensaje nos está dando el Señor. Yo me inclino ante Dios y digo: ‘que se haga tu voluntad’”, señaló el monseñor Aleixo Dias, obispo de Port Blair, sin atreverse a concluir el intento de razonamiento que parecía que estaba construyendo. ¡Cuán severos son los daños que causa la teología en la capacidad para razonar!

Y como no podía faltar, el gran teólogo, es decir, el gran teórico de la nada, Benedicto XVI, al recibir a los obispos de Sri Lanka en visita “ad limina apostolorum”, el 8 de mayo de 2005, dio un nuevo salto al negro vacío teológico con una perla de razonamiento vaticano difícil de superar; Benedicto XVI explicó que en el tsunami Dios no estaba ausente y que los cristianos saben que “todo contribuye al bien de quienes aman a Dios” (?). Sea lo que sea que esto signifique, después de leer esta frase uno tiene la sensación de haber pisado algo de característico olor pestilente.

Nada cambiará sustancialmente. Sería un verdadero milagro que alguien perdiera su fe a causa de estos desastres. Normalmente —y extrañamente— estas tragedias refuerzan la fe popular. A tal punto el cristianismo en general, y la sibilina teología vaticana en particular, han socavado la capacidad de razonar de gran parte de la humanidad.

Sería una victoria de la esperanza que quedaran algunos en el mundo que puedan ver lo palmariamente absurdo de este culto a un Dios de “amor”, todopoderoso, que reina sobre el ahogamiento de niños.