Reseñas

La (in)existencia de Dios y la Física

screen-shot-2016-11-23-at-3-28-37-pmGod: The Failed Hypothesis. How Science Shows That God Does Not Exist. (Dios: la hipótesis fallida. Como la ciencia muestra que Dios no existe). Por Victor J. Stenger. Prometheus Books, Amherst, NY, 2007. 302 páginas


Através de la historia, se han esgrimido argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios que han sido generalmente circunscriptos a la filosofía y la teología.

La ciencia ha revolucionado todos los aspectos de la vida humana, aunque está bastante difundida la opinión que la ciencia no tiene nada que decir sobre este tema (famosa es la noción de “los dos magisterios no superpuestos” del paleontólogo Stephen J. Gould).

Stenger, en cambio, hace un análisis basándose en la hipótesis de que si Dios existiera, debería ser detectable con métodos científicos, dado el rol central que por definición se le asigna en la operación del universo y en la vida humana en particular.

Define qué es la evidencia científica, en especial la evidencia necesaria para validar afirmaciones excepcionales que van mas allá del conocimiento existente. Analiza el concepto de falsificación de una teoría científica y muestra cómo, si bien la ciencia adopta la convención de limitarse a observaciones objetivas y busca causas naturales para explicar los fenómenos observados, puede perfectamente estudiar el campo de lo “sobrenatural” en el sentido que, si éste afecta a los fenómenos naturales, entonces dichos fenómenos naturales pueden ser estudiados científicamente.

La tesis de este libro es que la hipótesis de Dios es verificable y falsificable según el método científico.

El autor limita este análisis a lo que él define como el Dios Judeo-Cristiano-Musulmán, o sea, un ente creador del universo que sigue cada evento que sucede, nanosegundo tras nanosegundo, en todo el universo y también en el pensamiento de cada ser humano.

La propuesta original de Stenger es la del Modelo de Dios: cualquiera que sea la verdadera naturaleza de Dios —si existiera—, lo único a lo cual tendríamos acceso sería un modelo de esta realidad, no la realidad misma, exactamente como sucede con el mundo físico. Por ejemplo, los quarks son parte del modelo actual que describe la materia, pero si realmente existen o no, no cambia el hecho de que la teoría física que los postula describe correctamente los datos empíricos observados y permite hacer predicciones precisas y útiles.

En forma análoga, si un particular Modelo de Dios predice con éxito resultados empíricos que no podemos predecir de otro modo, deberíamos admitir tentativamente que este modelo describe algunos aspectos de la realidad objetiva sin tener que probar que Dios realmente tiene las propiedades del modelo analizado. Lo antedicho refuta el argumento teológico de que no podemos pretender entender la verdadera naturaleza de Dios. La respuesta es que no es necesario entenderla, como no es necesario entender la verdadera naturaleza de los quarks para aceptar tentativamente como correcta la teoría de la materia, al menos hasta que no se la logre falsificar.

Por otro lado, si los datos falsifican el modelo sin dejar lugar a dudas, deberíamos concluir que es muy probable que este modelo no represente aspectos de la realidad objetiva.

El planteo es muy interesante porque desde un punto de vista práctico no importa que el “verdadero” Dios exista, dado que el creyente no adora una abstracción de Dios, sino un Dios concreto que tenga cualidades mínimas que puedan ser comprendidas y que pueden por lo tanto ser descriptas en un modelo pasible de comprobación empírica.

En esta perspectiva son analizados los siguientes temas:

La ilusión de un proyecto intuitivamente aparente en los organismos vivos, que es refutada elegantemente por la teoría de selección natural.

La evidencia de fenómenos supuestamente inmateriales como la vida, la percepción extrasensorial, la ineficacia del rezo cuando se lo estudia empíricamente, la inconsistencia entre la idea de la inmortalidad del alma y la evidencia actual del cerebro como fuente de las capacidades cognitivas y de la conciencia humana.

La evidencia cósmica, es decir, la supuesta necesidad de una causa primera para la creación del universo y por consiguiente lo que se creía la violación de la ley de conservación de la energía (primera ley de la termodinámica) en el momento del Big Bang. Ahora sabemos que la energía total del universo es nula, porque la energía gravitacional negativa compensa exactamente la energía de la materia. Dicho llanamente: no se requiere ninguna violación de las leyes conocidas para dar origen al universo.

El universo hostil, o sea lo improbable que resulta el universo para el desarrollo de la vida que no muestra la supuesta “sintonía fina” de las leyes naturales para permitir la vida.

La imposibilidad de probar históricamente y arqueológicamente aunque sea la mínima afirmación excepcional contenida en las sagradas escrituras.

El supuesto rol privilegiado de las religiones en el dictado de normas morales, contrapuesto al origen natural de las normas morales durante el desarrollo de la humanidad.

El argumento del mal y la contradicción con un Dios benevolente.

El argumento del Dios que se esconde, que podríamos llamar de la teoría conspirativa: no podemos descubrir a Dios porqué él lo planeó así.

Toda la evidencia disponible apunta a que un Dios con las características Judeo-Cristianas-Musulmanas no existe. Queda la posibilidad de la existencia de un Dios que se esconde y, en ese caso, agrega Stenger que él no quisiera tener nada que ver con un ser tan abyecto.

Analiza a modo de conclusión también el impacto que la religión ha tenido en la historia de la Humanidad, favoreciendo la intolerancia, y la compara con la visión del no creyente que busca el significado de la vida sin buscar apoyo en antiguas supersticiones.

Un libro realmente refrescante y original en el planteo, que acompaña dignamente a otros recientes libros que analizan el ateísmo desde otros puntos de vista.