Cartas de Lectores

El futuro del “racionalismo brillante”: desafíos de una profecía espeluznante

Antes que nada, agradezco el interés con que varios lectores (entre ellos, algunos notables colaboradores de esta revista) leyeron mi columna “El horizonte de un racionalismo productivo” (Pensar Vol. 2 N° 3, Julio/Setiembre 2005, pp. 4-5). Mi intención no sólo era revolver el avispero (cosa que sucedió) sino llamar la atención sobre varios lugares comunes que, a mi juicio, fosilizan el pensamiento y la —por llamarla de algún modo— praxis de los llamados racionalistas militantes.

En estas líneas me gustaría despejar un par de incógnitas que dejó aquel texto ya que (tal vez por un exceso de retórica) algunas ideas fueron mal interpretadas.

Mario Bunge, quien me honró con una atenta lectura de algunos de los problemas planteados en el artículo, se despachó con una serie de reflexiones (interesantísimas, que ojalá retomen mentes mejor preparadas que la mía) donde magnifica el alcance de una metáfóra: mi pregunta —y posterior apelación— sobre la necesidad de buscar “una mística adecuada para encausar el sentimiento de insatisfacción” causado por la creciente influencia del fundamentalismo católico en verdad era una alegoría tan exacta como lo hubiera sido bregar por la “unidad espiritual” del movimiento laicista.

Evidentemente, si en aquel artículo ironizo sobre el engendro Bright, eso significa que el “misticismo racionalista” o “racionalismo místico” no son opciones con las que pueda comulgar.

Posiblemente, esta interpretación errónea proviene de no haber enfatizado lo suficiente una idea que de todos modos expuse cuando dije que “una de las desviaciones mezquinas de la secula-rización es la sacralización de la racionalidad”. Bunge propone cambiar “mística” (que “sólo puede estorbar, porque ni siquiera se puede saber qué es”) por “pasión”. Y no está mal. Menos si el plan —movilizar cerebros adormecidos— es el mismo. Pero, como lo señala luego el lector Carlos Álvarez, muchos de los que se acercan al movimiento racionalista lo hacen “más con un ansia de crecimiento intelectual personal” que con el de “sumarse a una prédica social”. Así, el destino de tales esfuerzos quedaría diluido (y no precisamente en el sentido de Samuel Hahnemann).

Para los que aún desean sumar su apasio-namiento a la razón, Bunge propone crear centros de estudio que funcionen a modo de polos de transmisión del pensamiento crítico. La pregunta siguiente, entonces, sería quiénes aportarán los medios necesarios para concretarlos. El Center for Inquiry acaba de patrocinar en Buenos Aires una excelente tribuna. Pronto hará otro tanto en Lima. Pero esas patriadas de poco servirán si sólo quedan en tribunas.

En mi artículo también planteo que “la tolerancia a la diversidad cultural es un valor que debe ser defendido con la misma vehemencia con que se exige el derecho a ser iguales ante la ley: la religión tiene tanto derecho a expresar sus dogmas como el que tienen los racionalistas de criticarlos, incluso en el marco de la educación pública.”

Para Carlos Domínguez, mi comentario puede inducir a creer que estoy de acuerdo con los intentos de la administración Bush de enseñar en las escuelas el esperpento anti-evolucionista conocido como Diseño Inteligente. Entiendo su preocupación. Mi frase hubiera quedado libre de sospecha si escribía “tolerancia crítica a la diversidad cultural”. Porque postular la defensa de ese valor no presupone aceptar acríticamente lo que otras culturas afirmen sino entender que también tienen derecho a expresarse: sólo la libertad de expresión permite realizar una crítica. ¿Cómo sobreponerse a los dogmas sin discutir su planteamientos en la arena, sin cuestionarlos de raíz?

Cuando digo que la lucha atea de un mundo liberado de la religión puede acarrear consecuencias negativas no quise ser amplio sino, precisamente, restrictivo: el condicional impone una relativización confinada a una suposición del autor (así como se suponen amenazas mortales en el sentido de un fundamentalismo, no encuentro razones para no hacer suposiciones en otro). Mi presunción se basa en la idea según la cual un discurso antirreligioso doctrinario (por ejemplo, uno que tienda a medicalizar sin fundamentos científicos el comportamiento religioso), puede errar el diagnóstico y, si su voz como “autoridad” fuese escuchada en lugares donde se toman decisiones políticas (donde las afirmaciones supuestamente científicas no suelen ser corroboradas), podría sentar jurisprudencia y eventualmente incitar una cruzada ideológica contra una minoría que, por mantener ideas contrarias al buen pensar, podría terminar “internada en un manicomio”.

Y así como quiero creer (“I want to believe!”) que Domínguez usa una metáfora cuando considera a la religión “un psicofármaco”, el sentido que le doy a la expresión “manicomio” tampoco es literal: el potencial peligro que advierto en una cosmovisión antirreligiosa extrema se basa en una noción con antecedentes en el llamado Tercer Mundo: uno nunca sabe cuándo una creencia puede ser conside-rada “subversiva” (y por consiguiente, blanco de un accionar represivo) por el poder de turno.

Un grupo de personas que adhiere a una creencia X podría ser víctima de estigmatización social, de exclusión en su participación cívica y, en una modalidad infrecuente, pero no impensable, de persecución ideológica. La misma que podría llevar a un grupo de iluminados con acceso al poder a restringir o suspender sus garantías constitucionales.

A lo mejor mi ejercicio de futurología está completamente equivocado —¡y así lo espero!— pero a veces pienso que si una variante suficientemente preciosista del pensamiento racionalista degenerase en fundamentalismo, los últimos en poner el grito en el cielo serían los racionalistas militantes. Y no porque pudieran ser “mala gente”, si no porque, tal vez, ni siquiera se darían cuenta: la “ceguera” del fanatismo siempre está en el ojo ajeno.