Contracorriente

El chupacabras y el impacto social de una creencia mediatizada

Repasando los textos que sirvieron como fuentes para elaborar este trabajo, aparecieron unas líneas escritas por Miguel Aracil, un asiduo colaborador español de revistas pseudocientíficas que asegura que desde su juventud se encantó con todas las extrañas criaturas que habitan la Tierra, ésas que “la ciencia oficial niega por decreto”.

Presuponer que la ciencia descree de algo sólo porque lo explica racionalmente no es más que una pésima forma de comprender el mundo. Algo de eso ha ocurrido con el chupacabras, una bestia que nació como explícalo-todo a la hora de estudiar las matanzas que afectaron a animales domésticos en algunos puntos de América y Europa.

En cada aparición de este bicho hubo una persona dispuesta a creer, un veterinario de dudosa calidad presto a dar crédito, una voz “autorizada” que certificaba las afirmaciones más estrambóticas. También estaban quienes aseguraban haber sido atacados por la bestia, los que perdieron animales y los que han dado la cara para decir que cazarán a esta cosa, sea lo que sea, para demostrarles a los incrédulos que sí existe.

La “prehistoria” del chupacabras

Algunos investigadores han pretendido hallar las primeras manifestaciones de este ser —que ellos entienden como una especie animal original, única y alienígena— en Puerto Rico, en los setenta. Sin complicarse la vida, otros han pretendido ver apariciones en la Edad Media y libros sagrados hindúes.

En términos concretos, el chupacabras, como tal, aparece en 1995. Sin embargo, cederemos a la tentación de rememorar los ataques ocurridos en Centroamérica, sólo como una forma de mostrar de qué forma algo se convierte a través de los medios en un fenómeno que da rienda suelta a la imaginación popular.

El 25 de febrero de 1975, en el poblado de Moca, Puerto Rico, se dieron varios casos de “mutilaciones” de animales. A partir de esta fecha la prensa sensacionalista cubrió las denuncias, en particular el diario El Vocero, proponiendo al “vampiro de Moca” como nombre para el culpable de tan brutales ataques.

De inmediato los diarios se pusieron del lado del enigma. Sueltos de cuerpo, los editorialistas pidieron al gobierno que aclarara los hechos. Los “misteriólogos”, en tanto, comenzaban a elaborar de mejor manera el cuento, asegurando que los cortes eran “perfectos” y “milimétricos”. Rápidamente aparecieron fotografías de las bestias afectadas. En ellas se puede apreciar con claridad que no existen tales cortes “perfectos”, sino más bien desgarros atribuibles a animales y a la posterior acción de carroñeros.

Otro hecho habitual en estos reportes era la “falta absoluta de sangre en el cuerpo de la víctima”, a pesar de que las imágenes mostraban lo contrario. En casos posteriores denunciados en otros países, esta declaración parecía automática, aunque al lado del ufólogo de turno hubiera una piscina de sangre.

Las investigaciones desplegadas por la Comisión de Agricultura del Senado y la Comandancia de Policía de Puerto Rico determinaron que los causantes podían ser seres humanos con algún grado de desequilibrio mental. Pero a los amantes del enigma tales explicaciones no les hacen mella. Que unos testigos digan que el atacante volaba y que otros aseguren que éste corría, era peludo y parecía un perro, son asuntos que dan lo mismo.

Muertes de animales debidas a las causas más disímiles fueron unidas para dar sustento a una creencia nueva. Decesos naturales, ataques de desequilibrados, bestias baleadas por cazadores y ganado arrasado por animales salvajes permitieron edificar la creencia en el ser misterioso. Los diarios, siempre sedientos de noticias sensacionales, aportaron también lo suyo en esta novela de lo enigmático. Había nacido el abuelo del chupacabras.

El enigma tiene culpable

El 11 de marzo de 1995 ocho ovejas, una vaca y un toro aparecieron muertos en los municipios de Orocovis y Morovis, también en Puerto Rico. Los ataques, atribuidos a seres alienígenas por la población, fueron achacados por las autoridades a perros asilvestrados.

Recién en septiembre del mismo año haría su aparición el “chupacabras”. Según la leyenda, un conductor de TV habría dicho algo así como “y ahora veamos las informaciones de este ‘chupa-cabras’”, por la aparente predilección del misterioso ente por la degustación de caprinos.

Después, Puerto Rico hizo suya la definición. Con eso, el principal paso ya estaba dado. Luego vendría el otro, el de la descripción física. En algunos lugares decían que el ser se asemejaba a un gato o a un conejo; a un perro, aseguraban otros.

Pero, a medida que aparecieron retratos-robot, las descripciones fueron homologándose, aunque nunca lograron un criterio único. Así algunos decían que era como un canguro, otros sostenían que parecía un dinosaurio. No faltaron los que aseguraron que era un ave, que tenía púas en la columna, que sus patas estaban conformadas por tres pezuñas o que su cabeza parecía de extraterrestre, sea eso lo que sea. También que “era medio flaquito y tenía los bracitos largos”. Para otros olía muy mal y era inmune a las balas.

Tras los primeros testimonios de quienes perdieron a sus mascotas por culpa de esta bestia, vendrían los de quienes dijeron haberla visto en persona y los que juraron haber sido atacados por el monstruo. Como todaconstrucciónmediática,éstanecesitaba ir añadiendo aspectos espectaculares a los relatos, y, por cierto, luego surgirían los cadáveres del mismísimo chupacabras.

Pese a que los exámenes practicados a las víctimas demostraron que las muertes eran atribuibles a muy diversas causas (golpes, infecciones bacterianas, desangramiento), los rumores sobre el chupacabras no cesaron. No pasaría mucho tiempo hasta que un presunto oficial de la inteligencia estadounidense —personaje habitual en las creencias conspirativas de los ufólogos— declarara, a fines de 1995, que en instalaciones militares de Puerto Rico se experimentaba con criaturas creadas mediante manipulación genética.

El chupacabras se convirtió en un negocio, en un icono, en una noticia y en un monstruo al cual temer. El conocido programa de televisión Cristina, transmitido desde Miami, presentó el tema de mano del alcalde de la localidad portorriqueña de Canóvanas, José Soto, quien había logrado notable figuración por organizar unos “comandos” para dar caza a la criatura (adivinen: sin suerte).

Otros programas abordaron el tema: Inside Edition, Hardcopy, Encounters, Ocu-rrió Así y Primer Impacto. También aparecieron canciones, camisetas estampadas con la imagen del monstruo, comidas con su apodo, bebidas de difícil preparación nominadas como el criminal mataganado, juegos de vídeo, etcétera. Luego, nadie podría extrañarse del arribo del chupaca-bras a Miami, México, su extensión a Centroamérica y el cruce, suponemos que volando y no a nado, del Océano Atlántico y el aterrizaje en tierras ibéricas.

Un paseo por México

La siguiente escala fue México. El 6 de febrero de 1996 aparecieron algunos animales muertos, pero los veterinarios culparon a un felino llamado onza. Pero no pasaría mucho tiempo hasta que algunos vieran un extraño ser y, claro, la bestia se ensañara con las personas. Una de las primeras agresiones la sufrió Teodora Ayala, de 21 años. La muchacha estaba la noche del 27 de abril de 1996 en el patio de su casa “realizando una necesidad fisiológica”, cuando escuchó un aleteo y el chupacabras se le tiró encima.

La mujer aseguró que el ser tenía un me-tro de altura y un pico largo y afilado. Como recuerdo de su visita, el animal le dejó unos leves rasguños en el cuello. Los malpensados dijeron que todo era una historia para encubrir las marcas que le había dejado su amante a Teodora. Otras supuestas apariciones de la bestia fueron explicadas por veterinarios como simples ataques de murciélagos comunes en la zona.

También aparecieron en distintos estados mexicanos esqueletos atribuidos al chupacabras. Como siempre, se trató de relatos dudosos, donde el cadáver desaparecía cuando iban a analizarlo. Un asunto que los difusores de enigmas prefieren no tocar fue el que puso de relieve el veterinario mexicano Ramiro Ramírez, para quien los causantes de los ataques eran animales salvajes que vivían “una tremenda urgencia de alimentación. Tenemos dos años de intensa sequía y aunque no sé de qué forma se han podido alterar los ecosistemas, pienso que estos animales se están acercando a las poblaciones para alimentarse”.

Para el químico e investigador escéptico Luis Ruiz Noguez, “la historia del chupacabras en México está salpicada de tintes amarillistas. Hay varios casos que huelen a fraude desde lejos”. Muchos de estos se correspondían precisamente con la hipótesis oficial de los coyotes hambrientos, jaguares, pumas o perros asilvestrados. Pero había más: “Podríamos mencionar a bromistas, ufólogos, tipos que matan a los animales por venganza, revanchas o simple maldad”, escribe Ruiz. La fiebre fue tal en México que incluso se abrió una línea telefónica para escuchar el relato de un testigo, conocer un ritual que impidiera su llegada e incluso… ¡escuchar una conversación entre dos chupacabras!

El monstruo llega a Chile

Abril de 2000 fue el mes de la explosión del chupacabras en Chile. Tras haber menguado los ataques en Centroamérica, el país andino recibió con los brazos abiertos la buena nueva. Uno de los primeros en reaccionar fue el desconocido ufólogo Boris Campos, quien debutó en los medios señalando que el chupacabras era un extraterrestre, de esos que “todos los científicos del mundo reconocen que existen desde mil novecientos cincuenta y tanto. En Estados Unidos, los campesinos hasta les disparan cuando se llevan las vacas por el aire”.

La Policía de Investigaciones y Carabineros, las dos fuerzas de seguridad que operan en Chile, pusieron a sus hombres en alerta durante las madrugadas de abril en Calama, en el norte del país, con el fin de dar caza al supuesto “animal exótico”, perros o personas que estuvieran tras los ataques. Sin embargo, la hipótesis principal de los funcionarios policiales era la de los perros asilvestrados que, provenientes del vertedero municipal, estaban saciando su hambre a costa del ganado.

Pese a esto, la leyenda de que la bestia desangraba a sus víctimas por dos orificios en el cuello, que no dejaba rastros, que nadie la veía actuar, etcétera, ya se había instalado en la comunidad, que prefería creer en ello antes que aceptar la explicación más lógica.

Antes de que las noticias se tornaran repetitivas, algunas personas dijeron haber observado a la bestia. Eso sucedió en la Quinta Región de Valparaíso, donde una familia la describió como algo parecido a un canguro, aunque no pudieron ofrecer más detalles, salvo una exhibición de pánico que Carabineros atribuyó a la psicosis generada por las noticias aparecidas en los medios.

Y, así como había sucedido en otros pa-íses, varias veces se intentó hacer creer que finalmente se había capturado al esquivo ser. El primer caso se dio en mayo de 2000, cuando mostraron en TV un “garadiávolo” (una mantarraya que, manipulada, adquiere una imagen antropomorfa) diciendo que era el cuerpo de un chupacabras.

Pasarían más de dos años para que en junio de 2002, un campesino encontrara un esqueleto que le pareció anómalo. El biólogo José Yáñez dijo que era simplemente un “perro grande”. Uno de los últimos ejemplos ocurrió en abril de 2003, cuando habitantes de la Novena Región atraparon a “un animal similar a un gato, pero cuyo rostro es como el de un zorro y su cola es gruesa y corta”. Era una güiña, un felino de la zona sur de Chile.

Conclusiones

La creencia en el chupacabras se sustenta sobre la base de la reiteración en prensa de distintas características supuestamente sobrenaturales de un ser cuya presencia jamás ha podido ser probada. Más aún, en casi todos los países donde se llevaron a cabo investigaciones, pudo determinarse de forma inequívoca la responsabilidad de perros asilvestrados en la muerte del ganado.

Las huellas encontradas, más allá de la especulación de algunos periodistas afectos al misterio, son muchas veces sospechosamente parecidas a las de los perros. Todas las matanzas que antes eran atribuidas a animales salvajes o causas naturales, ahora fueron encauzadas hacia la explicación más entretenida, la del chupacabras.

Las preguntas sobre la realidad del ser extraterrestre rondan. ¿Qué pasó con los pelos, huellas vaciadas en yeso y sangre de chupacabras? ¿Qué pasó con los restos encontrados en diferentes oportunidades, todos distintos entre sí, todos parecidos a los de animales comunes y corrientes? ¿Qué pasó con las pruebas que nos prometieron para comprobar que el chupacabras existe, es una especie nueva y que nunca nos engañaron? Como sucede siempre en la ufología, las pruebas desaparecen cuando hay que analizarlas. Cosas de los OVNIs. Y también del chupacabras.


Éste es un resumen del capítulo dedicado al chupacabras que aparece en el libro Vida en el universo. Del mito a la ciencia. Ricardo Campo, editor. Publicado por Editorial Lulu, en colaboración con la Fundación Anomalía, España, 2008. Se pueden conocer más detalles y encargar su ejemplar en http://www.lulu.com/es.