Voces Disidentes

Cambio climático: ni siquiera ciencia

¿Quién lo dice?

Algunos podrían sugerir que la meteorología y sus áreas asociadas no son necesariamente las disciplinas más avanzadas, pero ello no impide que el SBS News abra su informe nocturno refiriéndose a la publicación del Resumen del IPCC sobre el calentamiento global con “Los más destacados científicos del mundo están de acuerdo…”. Ello no es totalmente justo, teniendo en cuenta que la mejor y más brillante comunidad científica era unánime con respecto a la existencia del éter hasta que Einstein acabó con ésta teoría hace más de un siglo, y la mayoría de los más importantes físicos de partículas siguen hoy a la Teoría de Cuerdas, la cual está empezando a lucir como otro castillo de naipes. Sin embargo, es destacable que una profesión, la meteorología, que hasta ahora ha sido blanco de bromas, haya devenido ahora en la base de la actividad económica y política mundial.

El 12 de abril de 2007, el periódico The Australian informaba que el destacado meteorólogo Richard Lindzen, Alfred P. Sloan, Profesor de Meteorología del Departamento de Ciencias de la Tierra, la Atmósfera y Ciencia Planetaria del Instituto Tecnológico de Massachussets (quien hace enfadar a los creyentes con sus críticas frecuentes al IPCC y señala cómo meteorólogos respetados que se animan a cuestionar la teoría de los gases invernadero tienden a perder sus trabajos) dijeron en un artículo de Newsweek: “El actual estado de alarma descansa sobre la falsa suposición… de que nuestros pronósticos de calentamiento para 2040 son de alguna manera más confiables que el pronóstico que se hace sobre el tiempo para la semana próxima.”

Más importante aún, necesitamos comprender el hecho científico indiscutible de que el clima se ha estado calentando desde la última era del hielo, más o menos hace unos 12.000 años. ¿Qué tiene para decirnos sobre este aspecto la profesión meteorológica? Se han propuesto varias teorías, incluyendo las manchas solares, el movimiento del eje de la Tierra y minúsculos cambios en la órbita terrestre alrededor del Sol. También se menciona a la actividad volcánica, las corrientes oceánicas y el movimiento de las placas tectónicas. Dentro de este panorama hay períodos de marcado enfriamiento como, por ejemplo, la mini-Era de Hielo entre los años 1600 y 1800, y movimientos menores como el enfriamiento global entre 1940 y 1970 (¡cuando las emisiones de invernadero se incrementaron enormemente!).

Los meteorólogos y climatólogos no tienen una respuesta definitiva para la causa de este fenómeno —tienen sus teorías como se dijo anteriormente, pero no pueden establecer ninguna relación causa-efecto entre sus teorías y los fenómenos observados. Esto no es un mero comentario sobre el estado inmaduro de la ciencia meteorológica; es un absoluto sine qua non de cualquier teoría de cambio climático inducido por el hombre, el que una comprensión básica de qué estaba haciendo el clima en cualquier caso, está establecida. Por supuesto, sabemos el qué —se ha estado calentando durante 12.000 años— pero hasta que no sepamos el por qué y el cómo, y a qué tasa habría seguido calentándose de todas formas, las teorías sobre lo que podría ser la influencia humana no pueden tener base científica.

El clima de la Tierra ha fluctuado enormemente durante todo el registro histórico. Incluso con la ventaja de los registros geológicos, los científicos no tienen certeza con respecto a qué causa estos cambios sostenidos e intensamente documentados, ni tampoco de los movimientos contrarios que ocurren dentro de ellos. ¿Por qué los creyentes en el invernadero depositan tanta fe en la micro-comprensión de una ciencia incipiente, la cual no solamente no puede explicar el macro-fondo sino que, incluso con las ventajas de las cámaras satelitales no puede predecir con un “90 por ciento de certeza” —o al menos no con un 90 por ciento de exactitud— el pronóstico del tiempo para mañana, por no hablar de la semana que viene? De hecho hasta que se entienda el macro-fondo, queda la posibilidad de que las emisiones de carbono estén realmente teniendo un efecto neto de enfriamiento sobre el clima mundial.

¿Quién se beneficia?

El 23 de marzo, el periódico The Australian mencionó un artículo del New York Times en el cual se cita a Don Easterbrook, Profesor emérito de Geología en la Western Washington University diciendo a cientos de expertos en la reunión anual de la Sociedad Geológica de América: “no quiero meterme con Al Gore, pero hay un montón de inexactitudes en las afirmaciones que estamos presenciando y tenemos que atemperarlas con datos reales.” No hay nada que destacar sobre esto —se pueden encontrar críticas de la teoría de invernadero y especialmente, sus proponentes más evangélicos, en los medios gráficos y en la Web, pero hay que buscarlos. La cita de The Australian, y otra mía referida al profesor Lindzen, eran pedacitos de la sección Cut and Paste (Copiar y Pegar) del mencionado diario; toda crítica, no importa de cuán eminente autoridad, como mucho tiende a conseguir una pequeña cobertura, mientras que las predicciones infundadas de una catástrofe inminente provenientes de fuentes mal informadas y a menudo descaradamente teñidas de color político, frecuentemente obtienen titulares. Un artículo del Green Business News dice que se debe actuar sobre las emisiones de carbono a menos que los escépticos encuentren “evidencia verdaderamente contundente” para contradecir la teoría del invernadero. (Dios existe a menos que puedas probar que no. ¿No tienes la impresión de que está ocurriendo algo distinto del rigor y proceso científicos normales?)

Es interesante especular sobre qué sería aceptado como evidencia verdaderamente contundente, porque estoy viendo que la teoría del invernadero, como se presenta habitualmente, no sólo es mala ciencia sino que ha alcanzado un estadio en donde no existe ninguna forma de ciencia reconocible. Hay tres criterios generalmente aceptados para que una teoría sea admitida como científica: a) que se ajuste a los fenómenos observados; b) que haga predicciones; y c) que sea falsable. Vamos a considerarlas una a una:

  1. Hay muchas formas en que la teoría del invernadero no se ajusta a la observación de dos fenómenos obvios —el enfriamiento actual del este antártico y el enfriamiento global de 1940-1970— ya mencionados. Los creyentes descartan tales contraindicaciones como anomalías (sea lo que esto signifique en este contexto) o, más usualmente, las ignoran convenientemente. Si el huracán Katrina fue causado por emisiones de carbono, entonces el año siguiente, con huracanes menores, también debe haber sido causado por las emisiones de 2006, más altas que las del año anterior. En ciencia, no pueden pasar las dos cosas a la vez, como les gustaría a Al Gore y sus seguidores, que obtienen su ciencia de Hollywood. Las verdades inconvenientes continúan apilándose. No conozco ningún crítico calificado de la teoría de invernadero —incluyendo algunos de alto perfil como Monckton y el profesor Lindzen— que no esté de acuerdo en que, como teoría, posee un excelente sentido científico. El problema es que no encaja con los hechos —inconveniente no menor que, sin embargo, no preocupa a los creyentes, como vimos en el caso del IPCC y del Dr. Landsea2.
  2. La religión “explica” todo, pero no predice específicamente nada. El sello distintivo de la verdadera ciencia es que demuestra su comprensión de la forma en que realmente opera el universo a través de la habilidad para hacer predicciones correctas. Sin embargo, deben ser predicciones nuevas. Predecir que el Sol va a salir mañana, no lo es. Tampoco es satisfactorio decir que un proceso que ha venido ocurriendo, indiscutiblemente, desde hace 12.000 años, va a continuar. En el mundo subatómico, la Teoría de Cuerdas está empezando a ser atacada, en parte porque no hace predicciones novedosas.
  3. La religión ve “evidencia” de la existencia de Dios en todas partes, pero el devoto no aceptaría nada como prueba de que Él no existe; de esta forma, la refutabilidad y no la verificación es la principal prueba de una teoría genuinamente científica. Este principio fue establecido por el eminente filósofo Karl Popper, quien se crió en Viena, a principios del siglo pasado. Fue comunista durante unos meses y trabajó como voluntario en una clínica que dirigía un discípulo de Freud, Alfred Adler; pero se desilusionó del marxismo (al cual sus seguidores llamaban “ciencia social”, concibiendo leyes de las cuales se afirmaba eran tan fiables como las de las ciencias naturales) y de la psiquiatría freudiana, porque no admitían las contradicciones de sus propias teorías, que la vida real se encargaba de derrumbar, y que de ninguna manera les resultaban dañinas. En contraste con ello, la Teoría General de la Relatividad de Einstein enfrentó su prueba suprema en 1919, cuando un eclipse de Sol permitiría corroborar el punto de vista de Einstein de que los rayos de luz se curvaban al pasar cerca de objetos masivos. Lo que impresionó a Popper fue que si la luz no se curvaba, sería el fin de la Teoría General.

¿Cuáles son las pruebas críticas de la teoría del invernadero?

En su libro publicado en 2006, el físico de partículas norteamericano Peter Woit demuele a la Teoría de Cuerdas que fue ensalzada en el programa de TV El universo elegante, basado en el libro homónimo de Brian Greene. Después de una extensa reseña de los desarrollos modernos en el mundo subatómico, duda acerca de si la Teoría de Cuerdas puede realmente llamarse ciencia, ya que no hace predicciones nuevas y, como sus propuestas son inobservables, no puede ser refutada. Su libro se titula Not Even Wrong (Ni siquiera equivocada). De forma similar, como se presenta ahora, la teoría del invernadero no es siquiera ciencia.

Hay una forma de proposición económica, la Ley de Gresham, que opera en ciencia allí donde la mala ciencia desplaza a la buena —no hay necesidad de tratar de comprender el extraño comportamiento de los rayos lumínicos cuando todo puede ser explicado en términos de fricción con el éter. Hoy, muchos gobiernos emplean a “expertos en cambio climático” que, incluso en los casos de aquellos que están calificados para emitir juicios, no tienen ningún interés en descubrir cuál fue la causa de fenómenos tales como las Eras de Hielo. Entre los consejeros oficiales sobre cambio climático del gobierno británico hay un tal Albert Arnold Gore Jr. Las calificaciones educacionales del senador Gore que apoyan su experiencia en el área son un BA de Harvard en gobierno, después del cual, continuando con el servicio nacional en el ejército, ingresó a la Escuela de Religión en la Universidad Vanderbilt. Realmente resultaría gracioso de no tratarse de algo tan triste y serio.

La ciencia incipiente está atravesando un período oscuro, y aquellos meteorólogos que permanecen comprometidos para descubrir qué ha estado causando la miríada de fluctuaciones en el clima de la Tierra durante los últimos 5 mil millones de años merecen todo el apoyo que podamos darles.


Notas

  1. Vol. 27, No. 2, Winter 2007.
  2. El Dr. Chris Landsea colaboró con los dos informes previos del IPCC. Luego renunció al IPCC debido a un incidente ocurrido en una conferencia de prensa en Harvard donde, según él, manifestó en una carta abierta que “los expertos llegaron a la conclusión de que el calentamiento global estaba influyendo sobre la actividad de los huracanes. Hasta donde sé, ninguno de los participantes en esa conferencia de prensa había realizado ninguna investigación sobre la variabilidad de los huracanes, ni habían informado de ningún trabajo nuevo en ese campo.”