Contracorriente

Aberraciones intelectuales

Wilhelm Reich

En la década del ’40 Wilhelm Reich, destacado pionero de la técnica psicoanalítica y mártir actual del movimiento de la Nueva Era, creyó descubrir la esencia fundamental del hombre en cierto fluido que llamó “Orgón”. Reich afirmaba que este fluido cósmico, base del amor y del orgasmo, podía ser acumulado como una forma energía en cierto tipo de cajas que él mismo diseño y fabricó. Luego, la emanación concentrada en esta suerte de baterías, era capaz de curar todo tipo de enfermedades, incluido el cáncer. Los acumuladores de Orgón se vendieron con éxito por todo Estados Unidos. Por desgracia la Food and Drug Administration (FDA) lo acusó de fraude y prohibió la comercialización de su invento. Reich se negó a aceptar el mandato de la autoridad pública y siguió lucrando con su caja “orgónica”. La Justicia de los Estados Unidos, sintiéndose desafiada, enjuició y condenó al “pionero” enviándolo a la cárcel, en la que falleció en 1957.

Psicología Transpersonal

El Doctor Stanislav Grof, nacido en Checoslovaquia y residente en los EE UU, ha propuesto una teoría que supone la existencia de registros mentales de naturaleza transpersonal que se proyectan más allá de la inmediatez humana. La dimensión transpersonal implica salir de los límites tradicionales que fijan las fronteras del cuerpo y de la mente1. El borde entre el espacio-tiempo del sujeto y el del resto del universo no son fijos ni absolutos. Según Grof, “en circunstancias especiales es posible identificarse vivencialmente con cualquier cosa del Cosmos, incluido éste en su totalidad”. En estas circunstancias la conciencia adquiere todo tipo de virtudes y poderes, son posibles todos los eventos que estaban vedados a la mera materia bruta: recuerdos fetales y embrionarios, fusión con otras personas, proyección de conciencia hasta abarcar toda la Humanidad, visión de símbolos arquetípicos con percepción profunda de sus significados, identificación con el vacío supracósmico y metacósmico, la nada que es consciente de sí misma, consciencia del estado celular, identificación consciente con plantas, identificación consciente con materiales inorgánicos: arroyos, rayos, fuego, actividad volcánica, oro, granito, diamante, telepatía, diagnosis psíquica, clarividencia, clariaudiencia y mucho más. Grof opina que la ciencia académica sólo se ha acercado a estas expresiones de la psicología transpersonal con el único afán de descalificarlos. El autor nunca ha entendido, o si lo hizo siempre lo ha ocultado, que todos esos supuestos comportamientos deben ser abordados con profundo sentido crítico, de la misma forma, por otra parte, con la que debe abordase cualquier otra afirmación, sea esta científica o no.

Grof se queja de que sus hallazgos y conclusiones sean mal comprendidas por el “establishment”, puesto que son incompatibles con los preceptos del paradigma newtoniano-cartesiano y la filosofía materialista que ha dominado la ciencia occidental. Completemos esta queja diciendo que —aún más importante— sus “hallazgos” son incompatibles con todas las evidencias empíricas que se tienen hasta el presente sobre el mundo en que vivimos.

Grof, como muchos otros, ignoran, la filosofía de la ciencia y la psicología de los científicos. Cualquiera de éstos estaría más que entusiasmado si, cumpliendo con todos los requisitos de validación pública que exige la ciencia, pudiera confirmarse alguna de las hipótesis mencionadas. El disparate no amedrenta a los científicos, siempre y cuando, un experimento se vislumbre al final del camino. En carácter de conclusión agreguemos que Stanislav Grof en una autoridad en el uso de LSD.

Wilhelm Reich
Wilhelm Reich

El caso Benveniste

Este incidente comienza el 30 de junio de 1988 con la publicación, en la prestigiosa revista científica inglesa Nature, de un artículo firmado por Jacques Benveniste entre otros. Este investigador, que a diferencia de los anteriores era efectivamente un hombre de ciencia, dirigía un laboratorio de inmunofarmacología en el Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia (INSERM). Su artículo pretendió dar soporte experimental a la hipótesis homeopática de diluciones prácticamente infinitas (1030 vs 1; o más), conocida como “ley de los infinitésimos”. No es lugar para hablar de la homeopatía como expresión alternativa de la medicina académica, simplemente digamos que si este experimento resultaba positivo, aquélla iba tener asegurado su puesto en el parnaso de la ciencia. El experimento de Benveniste afirmaba haber detectado actividad de un soluto (inmunoglobina E) disuelto en solvente (agua destilada) en la proporción 30x a 1. Esta exponenciales ocultan un poco la magnitud de la dilución, para clarificar digamos que disolver algo en la proporción 30x a 1 es parecido a echar un litro de soluto en el Océano Pacífico, por ejemplo cerca de Japón, revolver bien —de modo que el soluto se mezcle con todo el océano— y sacar una muestra en algún lugar de la costa de Chile (dicho de otro modo 1018 km cúbicos de agua). En este tipo de dilución la probabilidad de encontrar una sola molécula del soluto es fantásticamente próxima a 0 (exactamente un caso favorable en 1030 posibles). Benveniste conjeturó entonces, como cualquiera de nosotros lo hubiera hecho, que el solvente conservaba una impronta de la molécula que había estado presente al realizarse el proceso de disolución. Es decir, el solvente tenía memoria, de la morfología del trozo de materia que había disuelto, y no solamente esto: era capaz también de engañar a los basófilos de la sangre que se ponían a segregar histamina cuando se “sentían” tocados por el agua de la dilución tal como lo harían ante las verdaderas moléculas de inmunoglobina E. Esto puede parecer una locura, pero así son, muchas veces, los descubrimientos que hace la ciencia. Benveniste y su equipo reunían calificaciones suficientes para tenerlos en cuenta y conformes con éstas los editores de Nature publicaron el trabajo. (No obstante, en la misma publicación, mostraron sus dudas ante los resultados que Benveniste decía haber encontrado).

El experimento produjo una enorme polémica. Un vendaval de opiniones, vertidas en publicaciones especializadas, debatieron el hallazgo durante años. Los experimentos de Benveniste fueron repetidos varias veces por investigadores independientes, en Europa y EE UU, pero nadie pudo repetir convincentemente sus resultados.

La teoría que Benveniste creyó fundamentar con sus experimentos fue —siendo benévolos y olvidando los rumores de arreglos económicos con ciertos laboratorios de la industria homeopática— tan sólo una teoría científica formulada en regla pero no confirmada en los hechos.

No obstante esos murmullos de irregularidades, esta teoría dió por lo menos un flanco a la refutación experimental (como lo hubiera exigido Popper). Esta apertura a la contrastación pública jamás es practicada por los pseudocientíficos quienes, por el contrario, evitan exhibir cualquier costado a la crítica refugiándose en revelaciones y sabidurías antiquísimas imposibles de homologar por cualquiera que desee hacerlo.

Rupert Sheldrake y la Resonancia Mórfica

Esta teoría es de una riqueza imaginativa increíble, y lo menos que pudiera querer un hombre de ciencia es que fuera cierta. Rupert Sheldrake2, su autor, fue un prestigioso biólogo, director de estudios de biología celular y bioquímica de la Cambridge University además de miembro investigador de la Royal Society. Sus experimentos, publicados en su libro Una nueva ciencia de la vida en 1981, despertaron tremendos enconos y también entusiasmos. Esta vez la revista Nature no dudó en descalificar absolutamente los experimentos de Sheldrake, a los que llamó “aberraciones intelectuales”.

Básicamente el supuesto de la teoría de Resonancia Mórfica es que cada especie viva (aunque Sheldrake también incluye a las plantas y los minerales) tiene en el universo un espacio de memoria propio. Este espacio es un reservorio de experiencia para todos los individuos de la especie, contribuyendo a él todos los ejemplares que vivieron en el pasado y que viven en el presente. Dice Rupert Sheldrake: “Si un animal aprende un nuevo truco en algún lugar (por ejemplo, una rata en Londres), les es más fácil aprender a las ratas en Madrid el mismo truco. A cuantas más ratas londinenses se le enseñe el truco, tanto más fácil y rápido les resultará a las ratas de Madrid aprenderlo”.

Otras teorías del mismo autor son aún más imaginativas y fantásticas. Mencionaremos dos de ellas:

Teoría de la foto. Si la foto de una persona es mirada por otra, estando ambas separadas, en distintas habitaciones por ejemplo, la persona “mirada” lo percibe.

Teoría de la nuca. Si una persona es mirada por detrás, a la nuca por ejemplo, la persona “mirada también lo percibe.”

Las pruebas para ambas teorías se basan en secuencias estadísticas que el mismo Sheldrake propone. Este tipo de “verificación” depende de cuán al azar hayan sido seleccionado los eventos (ahora mirar la foto o no, ahora mirar la nuca o no). Los resultados son interpretados luego matemáticamente. El problema es que las secuencias de observaciones deben ser correctamente aleatorizadas y este no es el caso. David F. Marks y John Colwell, investigadores de la City University, Londres, y la School of Social Science, Middlesex University, Londres, respectivamente, mostraron en un artículo publicado en la revista estadounidense Skeptical Inquirer (Vol.4, No5 de septiembre/ octubre de 2000), que las secuencias propuestas no estaban debidamente aleatorizadas y que, si las experiencias se hacían con secuencias correctas los experimentos resultaban neutros; es decir sin tendencias estadísticas apreciables.

Conclusión

Un aspecto común de los casos mostrados, como así también de muchos otros, es que la ciencia organizada (o académica como suelen llamarla sus enemigos) no les ha prestado la más mínima atención. Salvo el caso Benveniste —que fue planteado como una especulación científica en regla— las restantes no tuvieron ninguna repercusión. Descontando el escepticismo de los científicos, ni las revistas científicas, ni los ambientes universitarios o académicos se hicieron eco de ellas. Los eternos inconformes de los plazos y los métodos científicos creen ver en esta actitud sólo necedad y mala voluntad de los hombres de ciencia, una suerte de negativa contumaz para apreciar posibilidades fenoménicas de hallazgos ubicados más allá de sus narices.

Quienes piensan de este modo no conocen a la ciencia ni, sobre todo, a los científicos. Los hombres de ciencia, en especial los jóvenes, están entre los individuos más especulativos y desprejuiciados que se pueda imaginar, dispuestos a arriesgar sus reputaciones embarcándose en locas teorías muchas veces alejadas de aquello que el sentido común pudiera recomendar. ¿Qué mejor para un científico que hubiera algo cierto, verificable, en la telepatía o la psicokinesis?. ¿Nos imaginamos qué tremendo desafío sería para un investigador, coherentizar estos fenómenos con los habituales conocidos por la ciencia? ¿Cuál sería la función de onda de un objeto ubicado en un campo telepático? ¿Cuál sería la ecuación de Schrodinger que regule el sistema cerebro-objeto en un fenómeno de psicokinesis?.

En general, ningún científico serio dejaría pasar la oportunidad de teorizar sobre estos asuntos, si existiera la posibilidad de que fuera algo más que un mito o una estafa. Pero, aunque bien dispuestos a revolucionar la ciencia, habitualmente no lo harían violando las regulaciones de la investigación científica: es decir, refutabilidad, verificabilidad, control público de las teorías, publicación en revistas especializadas, congresos, simposios, experimentadores independientes, etc3. Sospechamos que no pocos científicos habrán pensado y analizado este tipo de problemas, pero… sin resultados visibles, esto debiera inducir alguna reflexión desapasionada a los cultores de las creencias mágicas: no se trata de miedo al ridículo ni a la heterodoxia sino de respeto y sujeción al pensamiento científico.


Notas

  1. Varios Autores “Nueva Conciencia” Integral Ediciones, 1994, Barcelona.
  2. Rupert Sheldrake, junto con Grof y Capra estuvieron hace algunos años en Argentina. Fueron invitados, en realidad contratados, por el programa televisivo Holograma y en conjunto dieron un ciclo de conferencias en el Teatro Coliseo de esta capital con una nutrida y entusiasta asistencia de público.
  3. Debemos admitir que el tener formación científica no vacuna necesariamente contra las creencias mágicas, los autoengaños o la difusión supercherías con fines crematísticos. Los cuatro personajes mencionados aquí tenían formación científica.